La vida de la pequeña Yoseily Miranda Rojas, una bebé camagüeyana de apenas 10 meses, es el retrato doloroso de lo que significa nacer en un país donde enfermarse es una lotería mortal. Desde los 20 días de nacida no conoce más hogar que la cama 11 de la sala de Gastro del Pediátrico Eduardo Agramonte Piña, un espacio que se ha convertido en refugio, prisión y campo de batalla para ella y su madre.
La mamá, Jennifer Rojas, apenas tiene 17 años. Es casi una niña criando a otra niña enferma, aferrada a una esperanza que el sistema no le provee. Con una fuerza que no debería serle exigida a alguien tan joven, intenta sostener una vida que depende de medicamentos y alimentos que no existen en Cuba, porque el régimen insiste en negar la profundidad de la crisis mientras el país se hunde.
Yoseily padece el trastorno metabólico de jarabe de arce, una enfermedad tan rara que solo la presentan dos niños en toda la Isla. Pero la rareza no es el problema; el verdadero drama es que sin el tratamiento adecuado, la enfermedad es mortal. Las primeras convulsiones fueron la señal de un destino marcado por la escasez, el silencio institucional y la indolencia oficial.
La bebé no puede ingerir proteínas, ni lácteos, ni siquiera leche materna. Solo puede alimentarse con Anamix, una fórmula especial que en Cuba es poco menos que un mito. Para colmo, necesita medicamentos como valproato de sodio, L-Carnitina, biotina y fenobarbital, todos igual de imposibles de encontrar en un país donde lo básico desapareció hace años, pero donde el gobierno sigue presumiendo un sistema de salud “gratuito” que ya no tiene ni gasas.
La denuncia se hizo viral gracias al periodista José Luis Tan, que elevó el caso desde las redes ante la incapacidad —o la falta de voluntad— de las autoridades para actuar. La madre, sin más herramientas que su desesperación, pide ayuda como única vía para mantener viva a su hija. Y es triste, durísimo, pero real: en Cuba la vida de un bebé depende más de la solidaridad ciudadana que de las instituciones encargadas de protegerla.
Yoseily es más que una historia conmovedora. Es un golpe directo a la máscara del Ministerio de Salud Pública, esa que intenta sostener el discurso de potencia médica a pesar de que no pueden garantizar ni un antibiótico pediátrico. Es el recordatorio brutal de que detrás de cada apagón, de cada falta de medicamentos, de cada almacén vacío, hay vidas reales que pagan el precio.
Quien desee ayudar puede acudir al hospital pediátrico de Camagüey, sala de Gastro, cama 11, donde Jennifer y su hija siguen aferradas a la vida en medio de un país que les ha fallado en todo.







