Miguel Díaz-Canel salió este viernes a agradecer las muestras de “solidaridad” por el aniversario 67 de la llamada Revolución cubana, pero su mensaje terminó estrellándose contra una avalancha de comentarios que desmontaron, uno a uno, el discurso oficial.
Desde su perfil en Facebook, el gobernante habló de “profunda gratitud” por los saludos recibidos desde “todos los rincones del planeta”, en una publicación cargada de consignas y nostalgia revolucionaria, muy lejos de la vida real que enfrentan millones de cubanos.
Como es costumbre, volvió a culpar al “bloqueo” y a la “hostilidad imperialista” de la escasez, el hambre y el deterioro del país, asegurando que el objetivo es “doblegar” a Cuba. Reconoció que la situación es dura, pero insistió en que con “unidad” todo se supera, una frase que ya suena más a burla que a esperanza.
Díaz-Canel volvió a vender la idea de 67 años de “resistencia creativa”, defendiendo que el régimen ha respondido con más ciencia, salud, educación y cultura. Incluso aseguró que Cuba sigue siendo solidaria y que comparte con otros pueblos “hasta lo que le falta”, una afirmación que muchos cubanos leyeron como una falta de respeto.
El mensaje cerró, cómo no, con fidelidad absoluta al legado de Fidel Castro, justo cuando el régimen prepara el circo propagandístico por el centenario del dictador.
Pero la realidad se coló por los comentarios.
Decenas de usuarios le dejaron claro que no hay nada que celebrar tras casi siete décadas de apagones interminables, mesas vacías, hospitales en ruinas y salarios que no alcanzan ni para sobrevivir.
“Coman dignidad”, “alúmbrense con dignidad” y “curen con dignidad” fueron algunas de las respuestas irónicas que se repitieron, mientras otros responsabilizaban directamente al Partido Comunista por el desastre económico y social.
Para muchos, lo que Díaz-Canel llama “triunfo” no fue más que el inicio de la destrucción del país, y expresaron abiertamente su deseo de que este aniversario sea de los últimos que el régimen pueda celebrar.
La brecha entre el discurso oficial y la vida cotidiana vuelve a quedar expuesta. Mientras el poder agradece aplausos imaginarios, el pueblo responde con hambre, cansancio y una indignación que ya no se puede maquillar con consignas.










