Durante la ceremonia oficial de izamiento de la bandera en Santiago de Cuba, justo segundos antes de la última campanada del 2025, ocurrió algo que dejó a muchos sin palabras: la bandera nacional se quedó trabada a medio camino. Hubo que bajarla por completo e intentarlo de nuevo, pero el viento —o algo más— se negó a ayudarla a ondear.
El hecho ocurrió en uno de los actos simbólicos con los que el régimen “celebra” cada 1ro de enero el triunfo de una dictadura que ya suma más de seis décadas en el poder. Bastaron pocos minutos para que el video se hiciera viral y para que miles de cubanos encontraran en esa imagen un reflejo doloroso de la realidad del país.
En redes sociales, los comentarios no tardaron en cargar el momento de significado. “Esa bandera sabe que está de luto”, escribió un usuario. Otro fue más directo: “Hasta la bandera está cansada de que la usen para legitimar una dictadura que ha derramado tanta sangre”.
Muchos vieron en la escena algo más que un fallo técnico. Para algunos fue un mensaje espiritual, para otros un acto de rebeldía involuntaria. “El viento siente el sufrimiento del pueblo”, comentó una cubana. “Hasta la bandera siente vergüenza”, escribió otra desde Santiago.
El video, difundido por CiberCuba, se convirtió en una especie de desahogo colectivo. Entre los cientos de reacciones se repetían frases como “la bandera no ondea feliz”, “está triste”, “ya no aguanta más” o “esa bandera no quiere estar ahí”. No era burla: era agotamiento.
Para muchos, el inicio de 2026 llegó cargado de un simbolismo imposible de ignorar. En un país golpeado por apagones interminables, hambre, miseria y represión, la imagen de la bandera negándose a subir frente a la cúpula gobernante fue leída como un grito silencioso de resistencia.
El detalle no pasó inadvertido: la bandera llegó a izarse al revés. En el lenguaje universal de los símbolos, una bandera invertida es una señal de auxilio, una advertencia de peligro extremo. Para los cubanos, ese instante tuvo un peso todavía mayor: una protesta no planeada, pero profundamente elocuente.
“Quizás esta vez el mensaje no vino de un político”, escribió una usuaria. “Quizás habló la bandera por todos nosotros”.
En un país donde casi todo está controlado, incluso los actos oficiales, un pequeño detalle bastó para desnudar una verdad enorme: la nación está exhausta. Y a veces, cuando el pueblo no puede hablar, los símbolos lo hacen por él.







