La supuesta “estabilidad” del Sistema Electroenergético Nacional anunciada por el régimen para recibir el Año Nuevo se evaporó en cuestión de horas. El jueves 1 de enero y la madrugada del viernes, millones de cubanos volvieron a quedar a oscuras, con apagones que rozan —y en muchos casos superan— las 20 horas diarias. El show duró poco; la realidad regresó rápido.
Según el parte oficial de la Unión Eléctrica, el jueves hubo afectaciones desde temprano en la mañana hasta casi las 10:30 de la noche. La máxima afectación alcanzó los 1506 MW en horario pico, una cifra que no deja margen a interpretaciones: el sistema sigue colapsado.
Para este viernes 2 de enero, el panorama no mejora. Desde las seis de la mañana, la disponibilidad real apenas cubría la demanda mínima. Al mediodía ya se pronosticaban apagones significativos y, para el horario pico nocturno, el déficit podría superar los 1400 MW. Traducido al lenguaje de la calle: más oscuridad, más calor, más desesperación.
Termoeléctricas rotas y combustible ausente
El deterioro del parque termoeléctrico sigue siendo una losa imposible de ocultar. Unidades averiadas en Mariel y Felton, otras en mantenimiento en Santa Cruz y Cienfuegos, y cientos de megawatts fuera de servicio solo por problemas técnicos. A eso se suma lo de siempre: falta de combustible y lubricantes.
Decenas de centrales de generación distribuida están paradas por carencias básicas. Patanas apagadas, motores sin aceite, megawatts perdidos por pura incapacidad logística. No es un accidente: es el resultado de años de abandono y mala gestión.
La Habana con luz, el resto que aguante
En medio del apagón nacional, la Empresa Eléctrica de La Habana se apresuró a aclarar que el jueves la capital no tuvo afectaciones por déficit. El mensaje es claro, aunque no lo digan abiertamente: hay territorios con prioridad y otros condenados a resistir. La desigualdad eléctrica también es política.
Solares que no alcanzan ni para maquillar
El Gobierno vuelve a vender los parques solares como salvación. Los números, sin embargo, no engañan. Aunque aportan algo en el horario diurno, su impacto es mínimo frente a un déficit estructural que se dispara precisamente cuando cae el sol. No compensan ni de lejos el desastre de la generación convencional.
Del discurso triunfalista al apagón real
Mientras el 31 de diciembre desde el Ministerio de Energía y Minas se hablaba de un “día bueno” y de un país iluminado a las doce de la noche, la realidad se encargó de desmontar el cuento en cuestión de horas. Lo del fin de año fue un paréntesis propagandístico, no una solución.
El sistema eléctrico cubano sigue hundido en una crisis profunda, causada por años de improvisación, corrupción, falta de inversiones reales y decisiones políticas desastrosas. El resultado es un país entero rehén de los apagones, con una población agotada y un régimen que insiste en vender normalidad donde solo hay colapso.










