Adela Legra murió en total abandono: La funeraria casi vacía y sin ningún homenaje del régimen ni del Ministerio de Cultura

Redacción

Adela Legrá no murió el día que dejó de aparecer en la pantalla. Su muerte comenzó mucho antes, cuando las instituciones culturales cubanas decidieron olvidarla.

Fue el rostro de Lucía, una de las películas más emblemáticas del cine cubano, imagen repetida en carteles, festivales y discursos oficiales. Pero la mujer que encarnó a Lucía fue relegada, empujada al margen, silenciada con la misma facilidad con la que antes había sido exaltada.

En sus últimos años, Adela vivió en el abandono. Solo familiares, amigos cercanos y, de vez en cuando, la Casa de Cultura de Boniato en Cuabitas, Santiago de Cuba, le brindaron algún aliento. La UNEAC santiaguera la apoyó esporádicamente, pero nunca como correspondía a una figura fundacional del cine nacional. Siempre la misma excusa: “no hay recursos”.

No hubo asistencia médica.
No hubo respaldo social.
No hubo dignidad institucional.

Del ICAIC, la entidad que construyó prestigio y capital simbólico con su imagen, solo recibió abandono. Ni derechos, ni acompañamiento, ni gratitud. Cuando fue jubilada y vivía en La Habana, terminó vendiendo café en la puerta de la UNEAC. Así pagó el sistema a una de sus actrices más representativas.

“Ella es el rostro del cine cubano… ¿y entonces?”, se preguntaban sus allegados.

Adela era una guajira recia: auténtica, frontal. No era mujer de consignas ni de sumisiones. Tal vez no fue comunista, pero sí profundamente patriota: defendía su cultura y su país, no a los gobernantes. Nunca se rebajó a pedir lo que sabía que merecía. Decía: “El que merece, no pide”.

Sufría el abandono, pero no se doblegaba. Su muerte terminó de desnudar la hipocresía del sistema: no hubo un sepelio a la altura de su legado. Ni flores como le gustaban, ni un ataúd digno, ni un lugar en la memoria cultural de la nación. Fue enterrada en una bóveda colectiva, casi en silencio, como si estorbara incluso al morir.

“Ella no era menos que otros artistas consagrados”, recuerdan quienes la conocieron. “No era menos que Paulito FG. La diferencia es que él estaba en La Habana, tenía otro rango, otra protección”.

Y surge la pregunta inevitable: ¿Se honra más a los artistas cuando mueren que cuando envejecen y necesitan apoyo? ¿Se utiliza su legado como símbolo mientras se abandona a la persona real?

Tras su fallecimiento, algunos intereses institucionales parecieron despertar, demasiado tarde, cuando ya no había que responderle a la mujer viva. El reclamo permanece: que se pague lo que se le negó en vida, que se reconozca la deuda con sus hijos, que también cargaron con ese abandono. Mientras tanto, directivos y burócratas se beneficiaron durante años de su arte, mientras ella sobrevivía con una pensión miserable, incapaz de cubrir siquiera lo básico.

Si Adela pudiera hablar hoy, quizá diría lo mismo que demostró con su vida: el sistema cultural cubano celebra mientras sirve y olvida cuando ya no es útil.

Adela Legrá no pidió nada. Pero merecía todo.

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