El desplome del régimen chavista tuvo un detalle tan simbólico como demoledor: Nicolás Maduro y Cilia Flores fueron sacados de su habitación mientras dormían, sorprendidos en plena madrugada durante la operación militar estadounidense que terminó con su captura. Así lo reveló CNN, citando a dos fuentes con conocimiento directo de la misión.
Según el periodista Kevin Liptak, el operativo fue ejecutado cuando la noche aún mandaba en Caracas. Un comando de la Delta Force, la unidad más selecta del Ejército de Estados Unidos, irrumpió en la residencia donde se encontraba el gobernante, sin margen para reacciones ni discursos heroicos.
Las fuentes aseguran que la detención ocurrió sin enfrentamientos ni bajas estadounidenses, un dato que deja en evidencia la fragilidad real del aparato de seguridad que durante años se vendió como inexpugnable. Mucho uniforme, mucho discurso… y a la hora cero, nada.
La acción formó parte de una operación militar de gran escala autorizada por Donald Trump, dirigida a capturar al líder chavista, señalado por el Departamento de Justicia de EE. UU. por narcoterrorismo, tráfico de drogas y posesión de armamento de guerra. No fue improvisación, fue cálculo frío.
Informes previos de The New York Times ya habían adelantado que la CIA llevaba meses siguiendo los movimientos de Maduro, combinando vigilancia con drones y una fuente infiltrada en su propio círculo. El mito del control absoluto se vino abajo desde adentro, como suele pasar en los regímenes que gobiernan a base de miedo.
Mientras tanto, desde Washington el silencio oficial se mantiene, aunque Trump prometió ampliar detalles en una conferencia de prensa en Mar-a-Lago, su residencia en Florida. Todo indica que lo más fuerte aún no se ha contado.
En Caracas, el propio gobierno reconoció que “se desconoce el paradero del presidente”, mientras mantiene el estado de emergencia tras los bombardeos a instalaciones militares clave como Fuerte Tiuna y la base aérea de La Carlota. El poder quedó descabezado y el nerviosismo se siente en cada comunicado.
La captura de Maduro no es un hecho aislado. Marca el clímax de una crisis que llevaba meses cocinándose y representa un golpe directo no solo al chavismo, sino también a su socio estratégico más fiel: el régimen cubano, que durante años manejó buena parte de la inteligencia y la seguridad venezolana. A La Habana le acaban de mover el piso… y sin anestesia.
En medio del caos, la televisión estatal venezolana difundió imágenes que hablan solas. Un sistema antiaéreo Buk-M2E, de fabricación rusa, apareció reducido a restos humeantes en las inmediaciones de La Carlota, una de las joyas militares del régimen.
El Buk-M2E, diseñado para interceptar aviones, drones y misiles de crucero, era presentado como una pieza clave de la defensa aérea venezolana. Su destrucción en tierra revela fallas graves y una vulnerabilidad que el discurso oficial jamás quiso admitir.
Que sea el propio aparato propagandístico del régimen el que muestre esas imágenes no deja espacio para teorías conspirativas. No es un rumor, no es una filtración: es la confirmación visual de que uno de los sistemas más avanzados del arsenal chavista fue neutralizado en minutos.
El analista de conflictos CNW explicó que los lanzadores destruidos llevaban meses sin moverse y probablemente no estaban tripulados al momento del ataque, lo que refuerza la idea de que fueron eliminados en una fase inicial de la operación, antes de que pudieran siquiera reaccionar.
El mensaje es claro y brutal: cuando los regímenes autoritarios dejan de intimidar, se desmoronan rápido. El poder militar que se exhibe durante años puede desaparecer en una sola noche. Y esta vez, ni La Habana pudo evitarlo.







