La captura de Nicolás Maduro no solo sacudió a Venezuela. En Cuba, la noticia cayó como un apagón anunciado. La Isla, atada durante años al petróleo regalado o fiado por el chavismo, enfrenta ahora un escenario todavía más oscuro, con cortes eléctricos que prometen volverse más largos, más frecuentes y más desesperantes.
La dependencia energética del régimen cubano respecto a Caracas vuelve a pasar factura. Sin su principal sostén petrolero y con una economía en ruinas, el sistema eléctrico cubano entra en zona de colapso, justo cuando Estados Unidos evalúa tomar control directo de la producción venezolana, tal como adelantó Donald Trump.
Si eso ocurre, el grifo se cierra. Y en Cuba, cuando se cierra el grifo, se apaga el país.
Un país que no produce energía… solo apagones
Cuba necesita entre 110.000 y 150.000 barriles diarios para sostener su infraestructura energética básica. No para crecer, no para desarrollarse. Para sobrevivir. Sin embargo, nunca ha logrado garantizar ese suministro de forma estable.
Durante 2024, Venezuela aportó alrededor de 24.000 barriles diarios, con subidas y bajadas propias de un aliado que ya no puede sostener ni su propio desastre. En 2025, los envíos fueron una montaña rusa: meses con picos de hasta 52.000 barriles, seguidos por desplomes vergonzosos que dejaron el suministro en apenas 8.000 barriles diarios.
México, otro socio “solidario”, también fue desapareciendo del mapa. Sus envíos cayeron un 73%, con pequeños repuntes puntuales que no alcanzan para tapar el hueco. La realidad es simple: Cuba no tiene petróleo, ni dinero para comprarlo, ni aliados con capacidad real para sostenerla.
El sistema eléctrico: oxidado, roto y sin combustible
La consecuencia es visible en cada barrio. Según la propia Unión Eléctrica, el Sistema Eléctrico Nacional enfrenta déficits que superan los 1.600 MW en horario pico, una cifra que explica por qué los apagones ya no se cuentan en horas, sino en jornadas completas.
La capacidad real de generación ronda apenas los 1.488 MW, mientras la demanda supera los 3.100 MW. No hay magia posible. Lo que hay es oscuridad.
Las termoeléctricas, viejas y mal mantenidas, siguen cayendo una tras otra. Unidades completas están fuera de servicio por averías, mantenimientos eternos o simplemente porque no hay combustible ni lubricante para encenderlas. El discurso oficial habla de “incidencias técnicas”, pero la verdad es más cruda: el sistema está podrido.
Incluso la generación distribuida, que el régimen vende como salvación, apenas logra respirar. Decenas de centrales están paradas y cientos de megawatts se pierden diariamente por falta de combustible. Un país sin petróleo no puede darse el lujo de improvisar energía.
Impacto social: cuando la oscuridad se vuelve política
El régimen ya admite, aunque a regañadientes, que no puede garantizar electricidad estable. Eso significa transporte colapsado, fábricas paralizadas, hospitales bajo estrés y hogares viviendo a oscuras, con calor, mosquitos y refrigeradores muertos.
La crisis energética no es solo técnica. Es social. Y también política.
El recuerdo del 11 de julio de 2021 sigue vivo. Aquellas protestas no surgieron de la nada. Fueron el resultado directo de apagones, escasez y un país cansado de sobrevivir. Hoy, el escenario es incluso peor.
Con Maduro fuera de juego y el petróleo venezolano en duda, el régimen cubano pierde su último salvavidas energético. Y cuando se va la luz, también se va la paciencia.
La pregunta ya no es si habrá más apagones. La pregunta es cuánto aguanta un país apagado antes de volver a encender la calle.










