Miguel Díaz-Canel terminó confirmando lo que ya había adelantado Donald Trump: hubo cubanos muertos en Caracas durante la operación militar de Estados Unidos que culminó con el arresto y extracción de Nicolás Maduro. Eso sí, fiel a la tradición del secretismo revolucionario, lo hizo sin nombres, sin cifras claras y envuelto en el eterno discurso de “honor y gloria”.
En una publicación en Facebook, el gobernante cubano calificó a los escoltas fallecidos como “bravos combatientes” que habrían caído enfrentando a “terroristas en uniforme imperial”. Según su versión, los cubanos murieron protegiendo a Maduro y a su esposa, Cilia Flores, por “solicitud de esa hermana nación”. Traducido del lenguaje oficial: cubanos enviados a morir por un régimen ajeno, defendiendo a otro dictador.
Díaz-Canel habló de dolor, indignación y orgullo, pero volvió a esquivar lo esencial. No dijo cuántos murieron exactamente. No reveló identidades. No explicó por qué había personal cubano armado custodiando a un presidente extranjero. El mismo silencio selectivo de siempre, ese que solo se rompe cuando conviene a la propaganda.
La épica oficial y el silencio incómodo
El régimen cubano insiste en vender la historia como una gesta heroica, pero evita una pregunta incómoda: ¿qué hacían oficiales del MININT y del G2 cubano en una misión de alto riesgo en Caracas mientras Cuba se cae a pedazos? No hay épica que tape eso.
Desde Venezuela, el ministro de Defensa Vladimir Padrino López también rechazó el “secuestro” de Maduro y habló de asesinatos “a sangre fría”, aunque convenientemente tampoco dio cifras. Demasiadas muertes para tan poca transparencia.
Trump lo dijo sin rodeos
Donald Trump fue mucho más directo. Reconoció que cubanos murieron protegiendo a Maduro y soltó una frase que dolió en La Habana: “Esa no fue una buena decisión”. No hizo falta adornarla. El mensaje estaba claro.
En la misma entrevista, Trump volvió a subrayar lo que el castrismo intenta ocultar desde hace años: Cuba dependía de Venezuela y sostenía al chavismo como parte de su propio negocio político y económico. Esta vez, el costo fue en vidas cubanas.
El derrumbe del escudo cubano de Maduro
La captura de Maduro dejó al desnudo el fracaso del aparato de seguridad cubano-venezolano. Durante años, La Habana controló la inteligencia, la contrainteligencia y la seguridad personal del líder chavista. El G2 cubano no solo lo protegía, también vigilaba a los propios venezolanos.
Maduro confiaba más en los cubanos que en su propio ejército. Cambiaba constantemente de residencia, teléfonos y escoltas. Temía traiciones internas y, según fuentes citadas por medios internacionales, incluso temía a sus propios asesores cubanos si algún día perdía el poder. Paradójicamente, esa dependencia absoluta terminó siendo su talón de Aquiles.
La operación estadounidense no solo se llevó a Maduro. Se llevó también el mito de la invencibilidad del sistema de seguridad exportado desde La Habana. Y dejó otra realidad imposible de maquillar: cubanos muriendo fuera de su país para sostener dictaduras ajenas, mientras en la Isla falta de todo menos propaganda.







