Nicolás Maduro, el hombre que durante años se vendió como “presidente obrero” y heredero de Chávez, pisó este sábado Nueva York esposado y bajo custodia de la DEA, en una escena que parece sacada de una película, pero que es muy real.
El exmandatario venezolano fue trasladado por fuerzas estadounidenses desde la base aérea de Stewart, en el estado de Nueva York, hasta las oficinas de la Administración para el Control de Drogas. El trayecto quedó registrado en varios videos difundidos por Faytuks Network, donde se le ve derrotado, vigilado y sin el discurso incendiario que tanto repitió en Caracas.
En las primeras imágenes, Maduro desciende de un avión de Delta Airlines vestido con un pulóver azul con capucha, pantalón negro, calcetines blancos y chancletas de goma. Camina esposado, con las manos al frente, rodeado por un numeroso grupo de agentes estadounidenses. Lejos del tono desafiante de sus cadenas nacionales, se le escucha decir: “Soy famoso, famoso. Toda esta gente sabe que…”, como si aún intentara convencerse de que sigue siendo alguien.
Otro video muestra una caravana escoltando un furgón militar blindado en el que viajaba el líder chavista. Al bajar del vehículo, Maduro aparece cojeando, ahora con abrigo negro y gorro del mismo color, visiblemente afectado. En un intento torpe de mostrarse relajado, saluda en inglés: “Hello, Happy New Year. Estoy herido”, mientras es conducido hacia el edificio federal.
Las imágenes finales lo muestran caminando por los pasillos de la sede de la DEA en Nueva York, todavía esposado, repitiendo un mecánico “Happy New Year” a los oficiales que lo reciben. Ya no hay discursos antiimperialistas, ni acusaciones de conspiración, ni llamados a la “patria grande”. Solo silencio, esposas y pasillos fríos.
Maduro es perfectamente reconocible en todos los videos, desmontando cualquier intento posterior del chavismo y sus aliados —incluido el régimen cubano— de sembrar dudas o fabricar versiones alternativas. El hombre está ahí, capturado y custodiado por la justicia estadounidense.
Su detención ocurrió el 3 de enero durante una operación ejecutada por un comando de la Delta Force, ordenada directamente por el presidente Donald Trump. El arresto marca un punto de quiebre histórico en la relación entre Estados Unidos y Venezuela y abre la puerta a un proceso judicial sin precedentes por cargos de narcotráfico y violaciones de derechos humanos.
Mientras en La Habana Díaz-Canel grita consignas vacías y promete sangre ajena desde una tribuna, el principal aliado del castrismo entra esposado a la DEA, demostrando que los regímenes autoritarios siempre caen igual: solos, desacreditados y abandonados por la historia.







