Delcy Rodríguez juró este lunes como presidenta de Venezuela ante una Asamblea Nacional completamente controlada por el chavismo, en una ceremonia cargada de consignas, gestos teatrales y una narrativa de victimización que intentó disimular lo evidente: el poder quedó, otra vez, en manos del mismo clan.
Desde el podio, Rodríguez abrió su intervención hablando de “dolor” por lo que llamó el “secuestro” de Nicolás Maduro y Cilia Flores, hoy detenidos en Estados Unidos. Los calificó como “dos héroes” y aseguró que juraba el cargo “con honor”, invocando a Simón Bolívar como faro histórico del futuro venezolano, en un discurso más cercano a una liturgia que a una toma de posesión institucional.
No faltó Hugo Chávez en la escena. Rodríguez juró también por el fallecido líder chavista, a quien atribuyó haber “devuelto la dignidad” a millones de venezolanos, mientras prometía trabajar por la paz y la “tranquilidad espiritual” del país, en medio de la mayor crisis política que ha vivido el régimen en décadas.
El acto confirmó la continuidad del poder en el círculo íntimo del chavismo. Delcy tomó juramento a su hermano Jorge Rodríguez, ratificado como presidente del Parlamento, y al hijo de Nicolás Maduro, Nicolás Maduro Guerra, quien cerró filas sin matices.
Maduro Guerra expresó su “apoyo incondicional” a Rodríguez y defendió a su padre frente a la justicia estadounidense. Al finalizar, lanzó un mensaje directo al mandatario detenido: “La patria está en buenas manos”, una frase que sonó más a consuelo familiar que a declaración de Estado.
Durante su intervención, el diputado insistió en que el derecho internacional existe para “frenar imperios” y presentó la captura de Maduro como un desafío histórico, reforzando la narrativa de agresión externa que el chavismo utiliza para justificar su permanencia en el poder.
Rodríguez, por su parte, fue aún más explícita. Aseguró que en los próximos días recurrirá a “todas las tribunas” para lograr el regreso de Maduro, a quien volvió a llamar “mi presidente”, mientras pedía un aplauso para los llamados “héroes caídos del 3 de enero”.
El simbolismo no pasó desapercibido. Jorge Rodríguez repitió un gesto que, según circuló en redes, había hecho Maduro tras su arresto, una señal cuidadosamente calculada para proyectar unidad interna en un momento de máxima fragilidad.
Desde Caracas, Delcy exigió la “liberación inmediata” de Maduro y Flores, insistiendo en que se trata de un “secuestro ilegal e ilegítimo”. Aseguró que el pueblo venezolano está “indignado” y que “toda Venezuela” se activó, aunque las calles contaron otra historia.
En el tramo final, endureció el discurso. Dijo que Venezuela no será “colonia de nadie”, calificó lo ocurrido como una “barbarie” y aseguró que el gobierno está listo para defender los recursos naturales del país, con especial énfasis en los hidrocarburos, justo cuando Washington habla abiertamente de controlarlos.
Rodríguez dejó clara su línea roja: solo aceptará relaciones “de respeto” y bajo la legalidad venezolana, descartando cualquier diálogo que no se ajuste a esas condiciones, después de lo que describió como una agresión militar contra Caracas.
Todo ocurrió horas después de que Donald Trump afirmara que su equipo había hablado con Rodríguez y que ella se mostró “a disposición” de Washington. Aunque el chavismo lo niega, la contradicción flota en el aire.
Mientras Trump asegura que Estados Unidos controlará Venezuela y sus ingresos petroleros durante una transición impuesta, Delcy Rodríguez se jura presidenta prometiendo soberanía. Dos relatos opuestos, una misma realidad: el chavismo resiste, pero ya no manda como antes.







