Un mensaje publicado este lunes en X por el congresista republicano Carlos A. Giménez encendió las redes y abrió un debate incómodo —pero inevitable— entre cubanos y venezolanos dentro y fuera de la región.
La imagen no necesitó explicación. Donald Trump aparece señalando un mapa de Cuba, acompañado por una frase repetida tres veces: “Do it! Do it! Do it!”, junto a las banderas de Estados Unidos y la Isla. Breve, directa y cargada de pólvora política.
Para muchos cubanos, el post fue leído como lo que parece: una insinuación de acción, una señal de que Cuba vuelve a estar en el radar duro de Washington. En los comentarios se mezclaron esperanza, ansiedad y fe. Algunos hablaron abiertamente de transición, otros se atrevieron a poner fechas y soñaron con una Cuba libre entre 2026 y 2027. Nada nuevo en el exilio, pero sí cada vez más urgente.
Desde Venezuela, el tono fue distinto. Varias respuestas cuestionaron el mensaje y pidieron mirar primero hacia Caracas. Según denunciaron, la represión no ha terminado, las detenciones continúan y la supuesta transición sigue incompleta. Para ellos, el festejo ajeno sonó prematuro.
“No han liberado a Venezuela y ya piensan en otra cosa”, escribió un usuario, resumiendo una sensación compartida por muchos: la herida sigue abierta.
Otros optaron por una lectura más estratégica. Señalaron que el destino de ambos países está entrelazado y que una transición real en Venezuela podría acelerar el colapso del régimen cubano. No por solidaridad ideológica, sino por pura matemática del poder.
También hubo espacio para el lenguaje de la fe. Comentarios que apelaron a la justicia divina, recordando que los imperios pasan y que “todo cae cuando tiene que caer”. En redes, Dios siempre tiene cuenta verificada.
El intercambio dejó al descubierto algo más profundo que un simple post viral. Mostró la hipersensibilidad del exilio, el cansancio acumulado y la obsesión colectiva por cualquier gesto que huela a cambio.
Giménez no explicó nada. No aclaró intenciones. No dio contexto. Y precisamente por eso el mensaje fue tan potente. En política, el silencio calculado suele gritar más fuerte que un discurso.
La pregunta quedó flotando en el aire digital: quién sigue, cuándo y a qué precio.
Mientras tanto, Cuba y Venezuela continúan atrapadas en ese limbo incómodo donde la esperanza convive con la desconfianza, y millones siguen mirando hacia afuera, buscando señales claras… aunque vengan en forma de un simple dedo señalando un mapa.







