La comunidad del béisbol cubano vive horas de profunda preocupación. Ómar Lucero Aldaya, uno de los árbitros más conocidos, respetados y queridos de la pelota nacional, se encuentra en estado crítico de salud. Aunque hasta el momento no existen reportes oficiales emitidos por la prensa estatal ni por instituciones sanitarias del país, varias páginas especializadas en deportes han difundido imágenes y mensajes que apuntan a un empeoramiento de su condición, encendiendo las alarmas entre aficionados y colegas.
Hablar de Ómar Lucero es hablar de una figura emblemática del béisbol cubano. Nacido en Santiago de Cuba y asentado desde hace años en Holguín, su historia dentro del deporte no comenzó detrás del home, sino en un terreno completamente distinto. Lucero era contador principal en un central azucarero cuando un amigo árbitro lo invitó a “ampayar” un juego juvenil. Aquel partido cambió su vida para siempre. Ahí, entre strikes y bolas, descubrió una pasión que marcaría su destino.
Desde ese primer encuentro con el arbitraje, inició un camino que lo llevaría a convertirse en uno de los rostros más reconocibles del béisbol nacional. Ómar Lucero no es solo el hombre que decide una jugada polémica o canta un strike decisivo; es un personaje dentro del terreno, carismático, comunicativo y dueño de un estilo muy particular que lo hizo inolvidable para jugadores y fanáticos.
Quienes han compartido con él coinciden en lo mismo: su buen trato, su respeto hacia peloteros, técnicos y periodistas, y sobre todo, ese sentido del humor tan cubano, siempre listo para soltar una frase ocurrente según el momento. Incluso en los juegos más tensos, Lucero sabía descomprimir el ambiente con una sonrisa o un comentario justo a tiempo.
A lo largo de más de 28 Series Nacionales de Béisbol, fue parte del cuerpo arbitral en innumerables partidos de alto calibre, incluidos duelos históricos entre equipos tradicionales. Su experiencia se forjó con los años, bajo el sol inclemente, la presión de las gradas y las constantes discusiones propias de un deporte donde cada decisión se analiza con lupa.
Muchos lo consideran, sin exagerar, uno de los mejores árbitros que ha tenido Cuba. Su reputación se basa en la honestidad, la honradez y una interpretación del juego que va más allá del reglamento. Para Lucero, arbitrar no era solo aplicar reglas, sino tener la fortaleza mental y emocional para decidir en segundos, aun cuando todo el estadio crea tener la razón.
Más allá de su labor en el terreno, también dejó huella en la formación de nuevos árbitros. En Holguín fue mentor, evaluador y guía de generaciones más jóvenes, aportando a la base del arbitraje cubano y asegurando que su legado no quedara solo en la memoria de los fanáticos.
La noticia de su delicado estado de salud ha golpeado fuerte a la comunidad beisbolera. Su historia representa a esos hombres que, sin grandes reflectores ni contratos millonarios, entregan su vida al deporte que aman. Resulta doloroso que, pese a casi tres décadas de servicio, no exista información clara ni seguimiento oficial por parte de la Comisión Nacional de Béisbol sobre su situación, cuando tantos aficionados hoy preguntan por él.







