El canciller cubano Bruno Rodríguez Parrilla reaccionó este lunes a las declaraciones del presidente estadounidense Donald Trump, quien afirmó que “Cuba está lista para caer” tras la captura de Nicolás Maduro, y lo hizo con el libreto de siempre: prometiendo sangre ajena en nombre de la soberanía.
En un mensaje publicado en X, Rodríguez acusó a Trump de “desconocer totalmente la realidad cubana” y de repetir lo que llamó “la agenda de mentiras de los políticos cubanoamericanos”. El tono, sin embargo, fue mucho más allá de la retórica diplomática. El jefe de la diplomacia del régimen aseguró que el pueblo cubano está dispuesto a “dar sus vidas” para defender al sistema.
“Nuestro aguerrido pueblo, fiel a su historia de lucha, defenderá su nación frente a cualquier agresión imperialista. Por esta tierra estamos dispuestos a dar nuestras vidas”, escribió el canciller, hablando —una vez más— en nombre de millones que no eligieron ni la crisis ni el sacrificio permanente.
La reacción llega después de que Trump afirmara, a bordo del Air Force One, que Cuba se encuentra al borde del colapso tras perder el respaldo petrolero venezolano. Según el mandatario, la isla “ya no tiene ingresos” y la caída del régimen sería solo cuestión de tiempo.
Desde Washington, el mensaje fue reforzado por otras figuras clave. El secretario de Estado Marco Rubio insinuó que Cuba podría convertirse en el próximo foco de presión directa, mientras el senador Lindsey Graham aseguró que los días del régimen están “contados”, calificando a la isla como “la cabeza de la serpiente” del comunismo regional.
No es la primera vez que La Habana responde con amenazas de martirio. Días antes, Miguel Díaz-Canel también había prometido “dar su sangre y su vida” por Maduro y por la Revolución, un discurso que contrasta brutalmente con la realidad de un país sin electricidad estable, sin alimentos y sin futuro inmediato.
La respuesta de Bruno Rodríguez no ofrece soluciones, ni autocrítica, ni una salida a la catástrofe económica que vive la isla. Solo reafirma la estrategia del régimen: victimizarse, escalar el lenguaje bélico y usar al pueblo como escudo retórico, mientras el sistema que defienden se desmorona por dentro.







