Salió a buscar leña y nunca regresó: la desgarradora muerte de un anciano en Cienfuegos

Redacción

La tragedia ocurrida en el pequeño poblado de Espartaco, en el municipio Palmira, provincia de Cienfuegos, ha dejado a muchos con un nudo en la garganta. No solo por la muerte de un anciano que salió de su casa en diciembre y nunca regresó con vida, sino por todo lo que su historia destapa: abandono, desinterés oficial y una familia obligada a enfrentar sola lo impensable.

Todo comenzó la mañana del viernes 19 de diciembre, cuando Miguel, un hombre de la tercera edad, salió de su apartamento en los edificios biplantas de Espartaco con un objetivo sencillo: ir al campo a cortar leña. En un país donde cocinar se ha vuelto una odisea diaria, aquella salida era parte de la rutina de supervivencia. Nada hacía pensar que sería la última vez que lo verían con vida.

Las horas pasaron y Miguel no regresó. Lo que parecía un retraso normal se transformó en angustia. Días después, la desesperación se apoderó de su familia, que comenzó a buscarlo por su cuenta, recorriendo caminos, preguntando a vecinos y removiendo la esperanza con cada amanecer.

En medio de ese esfuerzo agotador, ocurrió otro golpe: su esposa, también anciana, sufrió una caída durante la búsqueda y terminó con un brazo fracturado. Una escena que resume perfectamente el drama: dos personas mayores, enfermas y sin apoyo real, enfrentando una tragedia que los superaba.

Según denunció en Facebook la usuaria Yaiset Rodríguez Fernández, la Policía apenas participó el primer día de búsqueda. El delegado del pueblo, por su parte, apareció recién al octavo día. El resto del tiempo, la familia estuvo prácticamente sola, aferrándose a la solidaridad de vecinos y a las redes sociales.

El desenlace fue tan cruel como doloroso. El 5 de enero, un joven que pescaba en el Canal, por la zona de Maraboto, encontró parte del cuerpo de Miguel dentro del agua. Al día siguiente, apareció el resto en un punto cercano. Una noticia devastadora que confirmó el peor de los temores.

Rodríguez Fernández fue clara al señalar que no entraría en detalles escabrosos ni especulaciones sobre lo ocurrido durante los días de desaparición, consciente de que muchas preguntas quizás nunca tendrán respuesta.

Espartaco es una comunidad pequeña, de unos cuatro mil habitantes, antigua zona azucarera, donde todos conocían la dura realidad que vivía Miguel. Su único hijo está preso, lo que dejó al anciano sin el principal sostén económico del hogar. A su cargo quedaron dos nietos, mientras la madre de los niños emigró sola en busca de un futuro mejor.

Ante la escasez extrema, Miguel no tuvo alternativa. Salía a buscar leña para poder cocinar y, si la suerte lo acompañaba, producir algo de carbón para vender y comprar alimentos. En la publicación inicial donde se pedía ayuda, se advertía que padecía demencia, aunque no existía claridad sobre un diagnóstico médico formal.

Lo que sí estaba claro, según la denunciante, eran las lagunas mentales provocadas por una profunda depresión, agravada tras visitar a su hijo en la prisión provincial de Ariza. Una carga emocional demasiado pesada para alguien en su condición.

Como tantas familias cubanas hoy, los allegados de Miguel tuvieron que recurrir a Facebook para pedir auxilio, mientras las instituciones encargadas de velar por la seguridad ciudadana optaron por mirar hacia otro lado.

Para muchos, esta no es solo la muerte de un anciano. Es el reflejo de una vejez condenada a la precariedad, del abandono sistemático y de una Cuba que, como bien se dijo en la denuncia, es una tierra que clama por justicia. La historia de Miguel no debería olvidarse, porque habla de todos los que sobreviven al borde del abismo sin la mano del Estado que promete protegerlos.

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