Tambores de Guerra en La Habana: El MINFAR se atrinchera tras la caída de Maduro en Venezuela

Redacción

El Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (MINFAR) sacó este martes su manual más viejo y polvoriento: amenazas, épica hueca y el eterno “victoria o muerte”. Todo ocurre después de la captura de Nicolás Maduro, el principal sostén externo del régimen cubano durante más de dos décadas.

En un comunicado cargado de tono bélico, la cúpula militar dejó claro que no contempla rendirse, ni siquiera como palabra. “La guerra no se debe provocar, pero la haremos si el enemigo la impone”, sentenciaron, como si todavía estuviéramos en los años 60 y no en una Cuba quebrada, sin combustible y con apagones interminables.

El mensaje no surge desde la fortaleza, sino desde la máxima debilidad. La administración de Donald Trump y el secretario de Estado Marco Rubio han señalado directamente a La Habana por su rol en la protección del régimen venezolano y sus vínculos con el narcotráfico. Washington ya no habla en clave diplomática: habla de responsabilidades, complicidad y consecuencias.

Sin el petróleo venezolano, el régimen cubano intenta tapar el hueco con consignas. Cuando se acaba el combustible, aparece la retórica. El discurso militar pretende sostener con palabras lo que ya no puede sostener ni la economía ni la geopolítica.

Para el MINFAR, la caída de Maduro no es solo un golpe político. Es una advertencia existencial. Por eso declaran una alerta permanente, no solo operativa, sino ideológica. Saben que lo ocurrido en Caracas demuestra que ningún blindaje es eterno y que los aliados también caen.

Mientras Estados Unidos consolida su presencia en la región y el proceso judicial contra el llamado Cártel de los Soles avanza en Nueva York, La Habana se encierra en su propio laberinto militar, apostando por una resistencia numantina que intenta disuadir cualquier escenario similar al vivido por Maduro.

El problema es que las amenazas no producen electricidad, ni llenan los tanques, ni compran lealtades. El uniforme verde olivo ya no infunde miedo, y las palabras duras no detienen el paso del tiempo. El régimen intenta levantar un muro con discursos, pero el viento ya tumbó las torres vecinas.

Este último grito de guerra suena más a eco de un pasado que se niega a morir que a una estrategia real. El cambio que asoma no entiende de trincheras ni consignas, y avanza como un huracán de enero, dispuesto a barrer los escombros de una era sostenida más por el miedo y el orgullo herido que por la realidad.

Habilitar notificaciones OK Más adelante