El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sacudió el tablero este martes al asegurar que Venezuela entregará a EE. UU. entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo, una jugada que no solo reconfigura el mapa energético regional, sino que le corta el oxígeno al régimen cubano, históricamente dependiente del crudo venezolano para sobrevivir.
Desde su plataforma Truth Social, Trump celebró que las autoridades interinas venezolanas transferirán petróleo “de alta calidad y libre de sanciones”, apenas tres días después de la captura de Nicolás Maduro y su traslado a Nueva York para enfrentar cargos por narcotráfico. El mensaje fue claro y directo: ese crudo se venderá a precio de mercado y los fondos estarán bajo control de la Casa Blanca para asegurar que beneficien tanto al pueblo venezolano como a los estadounidenses.
Trump fue más allá y ordenó al secretario de Energía, Chris Wright, poner el plan a andar de inmediato. El petróleo viajará en buques cisterna directo a puertos estadounidenses. Sin rodeos. Sin intermediarios. Un movimiento que, en La Habana, suena a sirena de naufragio.
Analistas citados por BBC Mundo señalan que la cifra anunciada coincide con el volumen de crudo venezolano que quedó congelado tras el endurecimiento de sanciones en diciembre, lo que equivale a varias semanas de producción actual. En buen cubano: ese petróleo ya tiene destino, y no es Cuba.
El anuncio llega justo después de que trascendiera que once buques cisterna de Chevron, la única petrolera estadounidense que aún opera en Venezuela, se dirigen al país sudamericano. Chevron, responsable de cerca de una quinta parte de la producción venezolana, se perfila como actor clave en esta nueva etapa, mientras el régimen cubano queda mirando el muelle vacío.
Trump no escondió sus cartas desde el primer día. Tras la operación que sacó a Maduro del poder, dejó claro que Estados Unidos piensa invertir a lo grande en el país con las mayores reservas de crudo del planeta. Habló de reparar una infraestructura petrolera “destrozada” y poner a producir un recurso que el chavismo convirtió en chatarra ideológica.
En ese mismo discurso, el mandatario acusó al régimen venezolano de haberse apropiado “de manera unilateral” de petróleo estadounidense. El mensaje político fue tan fuerte como el económico: se acabó el jueguito del saqueo y la impunidad.
Expertos advierten que reactivar plenamente la industria petrolera venezolana tomará miles de millones de dólares y años de trabajo, pero Trump insiste en que las operaciones ampliadas podrían estar funcionando en unos 18 meses. Según explicó a NBC News, las petroleras invertirán fuerte y luego recuperarán su dinero a través de los ingresos generados, con respaldo del Gobierno estadounidense.
Mientras tanto, en Cuba, el panorama es otro. Sin Maduro, sin petróleo y sin crédito, el régimen de La Habana enfrenta un escenario que ya no puede maquillar con consignas. Los apagones, la escasez y el colapso económico dejan al descubierto una verdad incómoda: la dictadura cubana siempre vivió conectada a la manguera ajena, y ahora alguien cerró la llave.
Con reuniones previstas entre la administración Trump y las grandes petroleras estadounidenses en los próximos días, el mensaje regional es inequívoco. Venezuela entra en una nueva fase y Cuba queda más sola que nunca, atrapada en su propio modelo fallido y sin aliados dispuestos a seguir pagando la cuenta.







