Donald Trump terminó de confirmar lo que ya se murmuraba en los pasillos del poder: en Venezuela no habrá elecciones en el corto plazo. En su lugar, Estados Unidos asumirá una especie de tutela política y económica mientras intenta reconstruir el destrozado sector petrolero, un proceso que, según sus cálculos, tomará alrededor de 18 meses. Durante ese período, un reducido círculo de asesores de seguridad nacional coordinará la gestión del país, aunque Trump dejó algo bien claro desde el principio: el que manda es él.
En una entrevista concedida a NBC, apenas dos días después de la operación “Resolución Absoluta”, que culminó con la captura de Nicolás Maduro y Cilia Flores en una base militar de Caracas, Trump explicó con más detalle cómo funcionará esta administración estadounidense de facto. La entrevista coincidió, además, con la comparecencia de Maduro ante un tribunal federal en Nueva York, donde enfrenta cuatro cargos graves vinculados al narcotráfico y al tráfico de armas. Un simbolismo difícil de ignorar.
Washington ya ha aceptado tratar con Delcy Rodríguez como presidenta en funciones, pero cualquier intento de legitimación democrática quedó descartado. Trump fue directo, sin rodeos ni maquillaje político. Dijo que primero hay que “arreglar el país”, porque hoy ni siquiera existen condiciones mínimas para que la gente vote. Según él, Venezuela está tan devastada que hablar de elecciones ahora sería una burla. “Hay que devolverle la salud al país”, vino a decir, en su estilo habitual.
Tampoco habrá un gobierno impuesto desde la oposición tradicional. Trump cerró la puerta a colocar en el poder al movimiento liderado por María Corina Machado, pese a que Estados Unidos sostiene que su sector ganó las elecciones de 2024. Algunos medios apuntaron a un supuesto resentimiento personal, luego de que Machado recibiera el Premio Nobel de la Paz en 2025, un galardón que Trump ansía desde hace años. El presidente negó que eso influyera en su decisión, aunque no perdió la oportunidad de minimizar el premio y decir que ella “no debió ganarlo”.
La obsesión central de Trump, repetida una y otra vez desde el sábado, es el petróleo. Venezuela guarda bajo tierra unas reservas colosales, estimadas en más de 300.000 millones de barriles, y ese es el verdadero motor de todo este movimiento. Trump cree que el sector puede levantarse en menos de año y medio, aunque reconoce que el costo será gigantesco. Habló sin tapujos de miles de millones de dólares en inversión, mayormente a cargo de compañías petroleras estadounidenses, con posible respaldo financiero del propio Gobierno.
Aseguró que será un proceso caro, muy caro, pero rentable. Las petroleras pondrán el dinero y lo recuperarán con los ingresos futuros o, si hace falta, con apoyo directo de Washington. Negocio redondo para unos pocos, mientras el país sigue en pausa democrática.
Para supervisar esta “gestión especial” en Venezuela, Trump ha confiado en cuatro figuras de su máxima lealtad, entre ellas Marco Rubio, un viejo conocido en América Latina y enemigo declarado tanto del chavismo como del régimen cubano, al que acusa de haber parasitado durante años al Estado venezolano. La presencia de Rubio no es casual: su agenda incluye cortar de raíz la influencia de La Habana en Caracas, algo que golpea directamente al castrismo, ya debilitado y cada vez más aislado.
Trump insiste en que Delcy Rodríguez ha estado cooperando, aunque niega que existieran contactos previos antes de la caída de Maduro, contradiciendo versiones de la prensa estadounidense. También dejó en el aire si levantará las sanciones que pesan sobre ella, una decisión que se tomará “más adelante”. Sobre conversaciones directas, evitó responder, aunque confirmó que Rubio mantiene un contacto constante y fluido con Rodríguez, incluso en español, algo que subraya quién lleva el timón diplomático.
Cuando se le preguntó si hubo acuerdos con figuras internas del chavismo para facilitar la caída de Maduro, Trump dejó caer que muchos querían negociar, pero que su gobierno decidió actuar a su manera. Aseguró que la operación se ejecutó sin apoyo del círculo íntimo del dictador, desmontando el mito de una salida pactada.
El presidente estadounidense volvió a lanzar advertencias públicas a Rodríguez. Si no cumple las directrices de Washington, dijo, las consecuencias podrían ser incluso “peores que las de Maduro”. No descartó una nueva incursión militar, aunque cree que no será necesaria. Admitió que en un inicio su equipo contempló una segunda oleada de ataques y que estaban listos para ejecutarla.
Aun así, Trump rechaza la idea de que Estados Unidos esté en guerra con Venezuela. Para él, la guerra es contra el narcotráfico y contra los regímenes que, según afirma, exportan delincuencia, drogas y caos hacia territorio estadounidense. Una narrativa que sirve tanto para justificar la operación como para esquivar críticas internas.
Pese a los cuestionamientos, incluso dentro de su propio partido, Trump asegura que su base lo respalda sin fisuras. Dice que el movimiento MAGA lo apoya en todo y llega a proclamarse como su encarnación misma. “MAGA soy yo”, soltó, sin rubor alguno.
Sus detractores recuerdan que el presidente no pidió autorización al Congreso antes de actuar, como exige la ley en casos de guerra. La Casa Blanca responde que no se trató de una acción militar, sino de una operación policial contra un narcotraficante, ya que Washington no reconoce a Maduro como presidente legítimo y lo señala como líder del llamado Cártel de los Soles.
Trump, fiel a su estilo, zanjó la polémica asegurando que el Congreso sabía lo que ocurría y que cuenta con su respaldo. Cuando le pidieron detalles, se negó a entrar en explicaciones. “La gente lo sabía”, dijo. Y con eso, dio el tema por cerrado.







