Cerca de las ocho de la noche de este 7 de enero, la ya castigada Carretera Central volvió a convertirse en escenario de muerte y caos. Un grave accidente de tránsito ocurrió en el kilómetro 592, en la conocida Curva de Ignacio, en la provincia de Camagüey, un punto tristemente famoso por su peligrosidad y el abandono sistemático del Estado.
De acuerdo con informaciones preliminares, el siniestro involucró a un ómnibus que trasladaba trabajadores desde Holguín hacia el Mariel y un camión. Una combinación letal de carreteras en mal estado, señalización deficiente y vehículos que sobreviven más por milagro que por mantenimiento, en un país donde la seguridad vial es puro discurso.
Tras el impacto, las autoridades activaron a toda prisa el habitual operativo de respuesta, ese que siempre llega después y nunca evita nada. Salud Pública, bomberos y fuerzas del MININT acudieron al lugar mientras familiares y testigos vivían minutos de angustia, sin información clara y con el miedo a flor de piel.
Los heridos comenzaron a ser trasladados al Hospital Provincial Manuel Ascunce Domenech y al Hospital Pediátrico Eduardo Agramonte Piña. Con el paso de las horas, el saldo fue creciendo, como suele pasar cuando la información oficial llega a cuentagotas y mal contada.
Al cierre más reciente, se confirmó que 23 personas resultaron lesionadas. Once reciben atención en el hospital provincial y otros doce fueron atendidos inicialmente en el municipio de Sibanicú. Del total, cinco pacientes se encuentran en estado grave, uno en condición crítica y dos sometidos a cirugías por traumas ortopédicos severos.
La tragedia dejó además dos personas fallecidas, entre ellas un menor, una pérdida que vuelve a sacudir a la población y pone en evidencia el costo humano de la negligencia estatal. Mientras tanto, las autoridades políticas locales hicieron acto de presencia, más para la foto que para asumir responsabilidades reales.
Este nuevo accidente masivo no es un hecho aislado. Es parte de una cadena interminable de tragedias provocadas por infraestructuras en ruinas, falta de transporte seguro y una gestión criminalmente irresponsable. El régimen sigue exigiendo sacrificios al pueblo, pero no es capaz de garantizar algo tan básico como llegar vivo a casa.










