Un avión de Cubana de Aviación con matrícula CU-T1250 protagonizó este jueves una maniobra tan extraña como reveladora: intentó aterrizar en Venezuela y terminó regresando a Cuba sin completar la misión. El episodio, poco común incluso para la opaca aviación estatal cubana, encendió las alarmas en plataformas de rastreo aéreo y desató especulaciones en redes sociales.
El hecho no ocurrió en cualquier contexto. La región vive horas de máxima tensión, con restricciones aéreas, movimientos militares y advertencias de seguridad que han convertido el Caribe en un tablero de ajedrez geopolítico donde cada vuelo cuenta… y cada giro también.
Según los registros de FlightRadar24, la aeronave —un Ilyushin Il-96-300 de fabricación rusa, habitual tanto en vuelos especiales como en los traslados personales de Miguel Díaz-Canel— realizó varios giros circulares de 360 grados cerca del espacio aéreo venezolano. Tras ese vaivén aéreo, el avión desistió del aterrizaje y puso proa de regreso a Cuba, tocando tierra en Holguín o Santiago de Cuba.
Desde el inicio, el vuelo levantó sospechas. No tenía número comercial ni información pública, algo que descarta que se tratara de una ruta regular. Todo apuntaba a una operación especial, de esas que el régimen maneja con secretismo militar y sin dar explicaciones a nadie.
Medios independientes han vinculado esta salida con una misión sensible relacionada con la crisis venezolana, específicamente la posible repatriación de los cuerpos de 32 cubanos fallecidos en Venezuela tras la reciente ofensiva de Estados Unidos que culminó con la captura de Nicolás Maduro y Cilia Flores. Nada confirmado oficialmente, como siempre, pero tampoco desmentido.
Una fuente aeroportuaria citada bajo anonimato aseguró que el avión habría partido con personal militar que “se suponía se quedara allá”, lo que refuerza la tesis de una operación delicada, manejada fuera del circuito civil y con acceso estrictamente limitado. La discreción extrema no hace más que alimentar la sospecha de que el vuelo tenía un peso político considerable.
El intento fallido de aterrizaje coincidió, además, con un aumento notable de la vigilancia aérea en el Caribe. Ese mismo día, un dron estadounidense MQ-4C Triton, utilizado para reconocimiento de alta tecnología, sobrevoló durante horas las costas venezolanas, justo en la zona donde el avión cubano realizó sus maniobras antes de retirarse.
El dron, operado por la Marina de EE.UU. y despegado desde Florida, se mantuvo patrullando entre los espacios aéreos de Curazao y Venezuela. No era la primera vez. Este tipo de vuelos ya se había visto semanas antes, como antesala de la operación militar que terminó con la caída del régimen chavista.
La coincidencia no pasó desapercibida. Dron estadounidense arriba, avión cubano dando vueltas y retirada repentina: demasiadas señales para hablar de casualidad. Una vez más, el régimen cubano queda expuesto, atrapado entre su alianza con el chavismo y una realidad geopolítica que ya no controla.
Mientras La Habana guarda silencio, los radares hablaron claro. Y esta vez, el mensaje fue imposible de esconder.










