Diosdado Cabello se pone blandito y dice que Venezuela está dispuesta a vender «con normalidad» su petróleo a Estados Unidos

Redacción

En diciembre, Diosdado Cabello se paró firme frente a las cámaras y lanzó una advertencia que sonó a ultimátum: si Estados Unidos se atrevía a agredir, Venezuela no enviaría ni una gota de petróleo al norte. La frase corrió como pólvora en redes sociales y fue celebrada por el aparato propagandístico del chavismo como otra muestra de “soberanía irreductible”.

Pero la realidad, como suele pasar, no tardó en darle un bofetón al discurso. Tras la operación que terminó con la captura de Nicolás Maduro y el anuncio de un amplio acuerdo petrolero con Washington, aquel “ni una gota” se evaporó. Lo que vino después fue un giro tan brusco como revelador.

Desde su programa Con el Mazo Dando, Cabello intentó bajar el tono y reescribir la historia. Ahora asegura que Venezuela siempre le ha vendido petróleo a Estados Unidos y que, si hay compradores, el país está dispuesto a vender “con normalidad”, como si nada extraordinario hubiera ocurrido. Todo esto, dicho apenas días después de una incursión militar extranjera, deja claro que el relato épico dura lo que dura la conveniencia.

Para sostener su nueva narrativa, el número dos del chavismo desempolvó cifras del pasado, cuando refinerías estadounidenses recibían cientos de miles de barriles diarios de crudo venezolano. También apeló al presente, citando el esquema de licencias que permite a Chevron operar en el país bajo el visto bueno del Departamento del Tesoro, producir petróleo y exportarlo bajo reglas impuestas desde Washington.

Este viraje no es casual. Encaja perfectamente con la estrategia de Delcy Rodríguez, quien ahora vende la idea de una cooperación energética “equilibrada y respetuosa” con Estados Unidos. Sin embargo, desde la Casa Blanca el mensaje ha sido mucho más claro y menos romántico: buena parte de las ventas estarán bajo supervisión estadounidense y los ingresos deberán volver a EE.UU. en forma de compras, contratos y servicios.

La distancia entre la amenaza altisonante de diciembre y la aceptación dócil del nuevo pacto petrolero deja al chavismo completamente al desnudo. Ya no impone condiciones, las acepta. Ya no amenaza, negocia desde la debilidad. En la Venezuela posterior a Maduro, el margen de maniobra se achicó tanto que el discurso revolucionario terminó reducido a simple ruido de fondo.

Lo que queda por ver es si este giro servirá para oxigenar una economía devastada o si, como todo apunta, terminará profundizando la dependencia de Venezuela respecto a las decisiones políticas y económicas de Washington, justo aquello que el chavismo juró combatir durante más de dos décadas.

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