Todo indica que Oscar Pérez-Oliva Fraga podría jugar en Cuba el mismo papel que Delcy Rodríguez en Venezuela

Redacción

La caída de Nicolás Maduro a manos de fuerzas estadounidenses no solo marcó el final de un ciclo en Venezuela. Movió las fichas de todo el tablero regional. En cuestión de días, figuras que hasta ayer despotricaban contra Washington, como Delcy Rodríguez, pasaron a acatar líneas directas del equipo de Donald Trump y Marco Rubio, arquitectos de una transición “por etapas” diseñada para desmontar el chavismo sin incendiar el país. Los enemigos históricos de EE.UU. terminaron colaborando para salvar cuotas de poder bajo vigilancia internacional.

Ese viraje —del grito altisonante a la obediencia calculada— no pasó desapercibido en La Habana. Mientras el régimen cubano se hunde en su peor crisis económica en décadas y enfrenta un aislamiento político cada vez más estrecho, en Washington ya se habla sin tapujos del próximo movimiento: forzar una salida controlada en Cuba. Y en ese escenario empieza a sonar con fuerza un nombre poco conocido para el gran público, pero muy familiar para el poder real: Oscar Pérez-Oliva Fraga.

Con 54 años, ingeniero electrónico y actual viceprimer ministro junto a ministro de Comercio Exterior e Inversión Extranjera, Pérez-Oliva no llegó ahí por casualidad. Es sobrino-nieto de Fidel y Raúl Castro, un detalle que en Cuba pesa más que cualquier currículum. A diferencia de Díaz-Canel o Marrero, su imagen no está quemada ni asociada al discurso ideológico trasnochado. Se ha movido siempre entre oficinas, contratos y números, lejos de los micrófonos y las consignas.

Durante años operó en las entrañas del poder económico del régimen. Pasó por Maquimport y luego por la Zona Especial de Desarrollo Mariel, bajo el ala directa del general Luis Alberto Rodríguez López-Calleja, el todopoderoso exyerno de Raúl Castro y cerebro del emporio militar GAESA. Ese respaldo le permitió escalar sin ruido hasta convertirse en un cuadro clave, leal al clan y funcional al aparato militar-financiero que sostiene al castrismo.

Hoy, en medio de apagones interminables, inflación desbocada y un Estado quebrado, Pérez-Oliva se proyecta como el rostro “técnico” de una normalización sin cambios reales. Su perfil bajo y su lenguaje pragmático lo colocan como un posible interlocutor aceptable para Washington si el sistema entra en fase terminal. Para algunos observadores, sería la versión cubana del libreto venezolano: negociar para no caer del todo.

El espejo está claro. Tras la salida de Maduro, Delcy Rodríguez y otros jerarcas chavistas bajaron el tono, aceptaron supervisión externa y se plegaron a los intereses estadounidenses para estabilizar lo imprescindible. Esa obediencia pragmática salvó estructuras y fortunas. En Cuba, un movimiento similar no sería descabellado si el régimen decide sacrificar discurso para preservar poder.

Raúl Castro, con 94 años, sigue mandando desde las sombras. Díaz-Canel ocupa la silla, pero no controla el timón. El ascenso de Pérez-Oliva Fraga encaja con la lógica histórica del castrismo: mantener el mando en familia y, al mismo tiempo, colocar una cara menos desgastada para un eventual diálogo forzado con el exterior.

En Washington, Trump y Rubio ya hablan sin rodeos de la “caída inevitable del régimen cubano”. La estrategia es clara: presión económica, aislamiento político y empujar una transición interna sin intervención militar directa. En ese libreto, Pérez-Oliva aparece como la pieza ideal: joven para los estándares del régimen, confiable para el clan y manejable para negociar sin admitir derrota pública.

La gran incógnita es si será recordado como el “Delcy cubano” o simplemente como otro producto del nepotismo revolucionario. Si el sistema colapsa y el castrismo opta por pactar su supervivencia, él podría ser la llave de una transición maquillada. Si no, quedará como un nombre más en la larga lista de herederos fallidos.

Por ahora, en los pasillos diplomáticos se repite la misma pregunta: ¿quién hablará por Cuba cuando hablar ya no sea opcional? Y una y otra vez surge el mismo nombre. En un régimen donde nada se improvisa, el ascenso de Oscar Pérez-Oliva Fraga no parece casual. Puede ser la continuidad del castrismo… o la señal de que su final ya empezó a negociarse.

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