Donald Trump volvió a poner el dedo en la llaga y a Cuba en el centro del debate político estadounidense. En una entrevista reciente, aseguró que la Isla está “colgando de un hilo” y que el régimen atraviesa uno de esos momentos en los que cualquier brisa puede tumbar el castillo de naipes.
Durante su conversación con el presentador Hugh Hewitt, en The Hugh Hewitt Show, el exmandatario reaccionó a una pregunta directa sobre si Washington debía apretar aún más las tuercas a La Habana. Su respuesta fue tan cruda como provocadora. Según Trump, ya no queda mucho margen para aumentar la presión sin llegar a escenarios extremos, mientras describía a Cuba como un país hundido en problemas y al borde del agotamiento total.
El mensaje fue claro y sin maquillaje. Para Trump, el sistema cubano lleva años sobreviviendo con respiración artificial y ahora mismo está falto de oxígeno. En su análisis, la fragilidad del régimen está íntimamente ligada a la pérdida de apoyos externos, en especial al derrumbe del sostén venezolano que durante años mantuvo a flote a la cúpula del poder en La Habana.
El exmandatario recordó que Cuba se sostuvo durante décadas gracias al petróleo subsidiado y al dinero que llegaban desde Caracas. Hoy ese respaldo ya no es lo que era, y el golpe se siente en cada apagón, en cada cola y en cada plato vacío. Sin Venezuela, el discurso heroico del castrismo suena más hueco que nunca.
El momento más llamativo de la entrevista llegó cuando Hewitt planteó si Miguel Díaz-Canel podría “caer”, como ha ocurrido —o podría ocurrir— con otros líderes atrapados en crisis profundas. Trump no esquivó la pregunta. Reconoció que durante años se ha anunciado el colapso del régimen cubano sin que termine de materializarse, pero dejó una frase que retumba fuerte entre los cubanos: “Están en serios problemas… y esta vez parece que están cerca”.
Esa sentencia resume lo que muchos dentro y fuera de la Isla perciben. Un sistema agotado, sin dinero, sin aliados sólidos y sin credibilidad, sostenido más por el miedo y la represión que por el apoyo popular. La repetición del desastre ya no anestesia; ahora acelera el desgaste.
El contexto regional refuerza esa sensación de cuenta regresiva. La caída de Nicolás Maduro no fue solo un golpe simbólico, sino la demolición del último pilar económico que mantenía al régimen cubano con vida. Sin ese respaldo, el margen de maniobra de La Habana se reduce cada día, y las opciones se vuelven más incómodas para la élite gobernante.
Lo que viene es una decisión que el poder en Cuba lleva décadas evitando. O se abre paso a una transición, aunque sea controlada, o el cambio llegará impuesto por la realidad, por la presión internacional o por el estallido interno de una sociedad cansada de promesas rotas. El desenlace parece inevitable. La verdadera incógnita es quién pagará el precio más alto cuando el hilo, finalmente, se rompa.







