Donald Trump volvió a poner el dedo en la llaga y esta vez no dejó espacio para interpretaciones diplomáticas. Durante una reunión en la Casa Blanca con altos ejecutivos del sector energético, el presidente estadounidense aseguró que Cuba atraviesa uno de sus peores momentos y que el régimen ya no contará con los ingresos derivados del petróleo venezolano, un golpe directo al corazón de su frágil economía.
“Cuba está en muy malas condiciones”, afirmó Trump, al recordar que durante años La Habana vivió colgada del petróleo y del dinero que llegaban desde Venezuela. Ese sostén, según dejó claro, se terminó. “Ahora no van a recibir ningún dinero”, sentenció, describiendo a la isla como un país atrapado en una realidad de “Tercer Mundo completamente”, consecuencia directa de un modelo agotado.
Las palabras del mandatario se produjeron en el contexto de una reconfiguración profunda del sector petrolero venezolano, ahora bajo supervisión directa de Washington. Estados Unidos decidió asumir el control de qué empresas podrán operar en Venezuela y con quién deberán negociar, desplazando cualquier margen de maniobra que antes beneficiaba indirectamente al régimen cubano.
El mensaje político fue aún más duro en boca del secretario de Estado, Marco Rubio, quien dejó claro que la presión económica no es un castigo aislado, sino una palanca de cambio. Según Rubio, la cúpula que gobierna Cuba enfrenta una disyuntiva clara: construir un país funcional con una economía real o seguir aferrada a una dictadura que ya no ofrece futuro ni siquiera a sus propios aliados.
Trump prometió a las petroleras “seguridad total” y reglas claras, subrayando que el objetivo de Washington es estabilizar Venezuela, reactivar su industria energética y reducir los precios del crudo, todo bajo una lógica de control y supervisión estadounidense. En ese nuevo tablero, Cuba queda fuera de juego, expuesta como una economía dependiente incapaz de sostenerse por sí sola.
Aunque Venezuela posee cerca de una quinta parte de las reservas mundiales de petróleo, su producción se desplomó durante años por mala gestión, corrupción y sanciones. Ahora, tras la captura de Nicolás Maduro y su esposa en enero, la Casa Blanca impulsa una apertura controlada que promete canalizar los ingresos hacia la población venezolana, no hacia redes políticas extranjeras.
Trump ha insistido en que su administración estará “a cargo del petróleo” venezolano y que las exportaciones podrían alcanzar decenas de millones de barriles, moviendo miles de millones de dólares. Ese dinero, dejó claro, ya no sostendrá al régimen cubano.
En este nuevo escenario, La Habana aparece como lo que siempre ha sido: un sistema dependiente de subsidios externos, incapaz de generar riqueza propia y ahora enfrentado a una realidad incómoda. Sin petróleo venezolano, sin dinero fácil y con el respaldo internacional en retirada, el modelo castrista vuelve a quedar desnudo ante el mundo. Y esta vez, no hay a quién pasarle la factura.







