Trump lo deja claro sin rodeos: Estados Unidos controlará el petróleo de Venezuela “por mucho tiempo”

Redacción

Donald Trump volvió a hablar sin anestesia. En una entrevista nocturna, el presidente estadounidense dejó claro que Estados Unidos espera manejar Venezuela durante años y explotar directamente sus enormes reservas de petróleo, bajo la tutela de un gobierno interino formado por antiguos leales de Nicolás Maduro, hoy preso en Nueva York. Según Trump, ese equipo “nos da todo lo que consideramos necesario”, una frase que retrata con crudeza el nuevo equilibrio de poder en la región.

Cuando se le preguntó cuánto tiempo durará esa supervisión directa, Trump no se escondió detrás de fechas vagas ni tecnicismos diplomáticos. “Solo el tiempo lo dirá”, respondió, antes de admitir que será “mucho más” que unos meses. Todo esto, mientras una flota estadounidense permanece frente a la costa venezolana como recordatorio silencioso de que la opción militar sigue sobre la mesa.

El mandatario insistió en que su plan pasa por “reconstruir Venezuela de forma muy rentable”, usando el petróleo como palanca central. La idea, según explicó, es extraer crudo, bajar los precios internacionales y, al mismo tiempo, devolver algo de dinero a un país que describió como desesperado. Negocio y geopolítica, todo en el mismo paquete.

Estas declaraciones llegaron apenas horas después de que funcionarios de su gobierno confirmaran que Washington planea asumir de manera indefinida el control de la venta del petróleo venezolano, dentro de un plan de tres fases diseñado por Marco Rubio y presentado al Congreso. Mientras los republicanos aplauden la jugada, los demócratas advierten que EE.UU. se encamina a una intervención prolongada sin un marco legal del todo claro. Pero Trump, fiel a su estilo, no mostró preocupación.

Durante la extensa conversación con The New York Times, evitó fijar plazos concretos y despachó las preguntas con una certeza incómoda: Estados Unidos estará ahí “por mucho tiempo”. Habló de muchos temas, pero cuando tocó Venezuela, el mensaje fue consistente: el control ya no está en Caracas.

Llamó la atención su silencio sobre una pregunta clave: por qué reconoció a Delcy Rodríguez como figura central del nuevo poder interino, dejando a un lado a María Corina Machado, ganadora del Nobel de la Paz y rostro más visible de la oposición. Trump no explicó esa decisión, aunque dejó caer que Marco Rubio mantiene contacto constante con Rodríguez, confirmando que el canal directo pasa por el Departamento de Estado.

Tampoco quiso comprometerse con fechas para elecciones libres en Venezuela, un país que tuvo una larga tradición democrática antes del chavismo. El mensaje implícito es claro: primero estabilidad bajo control, después democracia, si acaso.

La entrevista tuvo incluso un momento casi teatral cuando Trump interrumpió la conversación para atender una llamada del presidente colombiano, Gustavo Petro. Tras colgar, el propio Trump dictó un mensaje para redes sociales, dejando ver que la caída de Maduro ha servido de advertencia a otros líderes de la región, que ahora miden mejor cada paso.

El presidente se mostró especialmente satisfecho con la operación militar que terminó con la captura de Maduro y Cilia Flores. Contó que siguió de cerca el entrenamiento de las fuerzas, incluso la construcción de una réplica exacta del complejo fortificado en Kentucky. Admitió que temió un fracaso histórico, “un desastre a lo Jimmy Carter”, pero se felicitó de que la operación saliera como un reloj suizo, aunque dejara decenas de muertos.

Trump comparó ese éxito con lo que calificó como errores de administraciones anteriores, desde Irán hasta Afganistán, y aseguró que ya Estados Unidos está ganando dinero con el petróleo venezolano, incluyendo entre 30 y 50 millones de barriles de crudo pesado previamente sancionado. Reconoció, eso sí, que reactivar el sector petrolero llevará años, porque el abandono es profundo.

Más allá de Venezuela, el mensaje resuena con fuerza en La Habana. El castrismo pierde a su último gran sostén externo y observa cómo Washington administra la transición del aliado que durante décadas le garantizó petróleo barato y oxígeno político. Para Cuba, esto no es una noticia lejana: es una señal de alarma.

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