En medio del terremoto político que sacudió a Venezuela tras la operación militar de Estados Unidos que terminó con Nicolás Maduro y Cilia Flores fuera de juego, el chavismo empieza a mover fichas… y no precisamente desde la fuerza. Esta vez fue Delcy Rodríguez, presidenta interina y vocera del desconcierto oficialista, quien salió al ruedo con un anuncio que dice mucho más de lo que intenta ocultar.
Desde un acto público en La Candelaria, en Caracas, Rodríguez dejó caer —casi como quien no quiere la cosa— que su gobierno evalúa reabrir embajadas con Estados Unidos. Todo envuelto en el ya gastado discurso de “denunciar la agresión” y “defender la soberanía”, aunque el tono sonó más a justificación que a convicción. Cuando el guion no alcanza, se nota.
Según Rodríguez, la movida diplomática busca proteger la paz y la estabilidad del país, y hasta garantizar el regreso de Maduro y su esposa, amparados —dice ella— por la supuesta autoridad moral de la llamada “diplomacia bolivariana”. El problema es que, entre frase y frase, el mensaje se le fue desarmando solo, dejando al descubierto las grietas internas de un régimen que ya no sabe si gritar consignas o pedir auxilio.
Para adornar el relato, la funcionaria agradeció el respaldo de gobiernos amigos como Brasil, Colombia, España y hasta el emir de Qatar. Pero ni los aplausos importados lograron tapar lo evidente: el chavismo está contra la pared y necesita oxígeno internacional con urgencia.
El anuncio llega justo cuando Washington también ha empezado a mover piezas. Funcionarios del Departamento de Estado han viajado discretamente a Caracas para evaluar una reapertura gradual de la embajada estadounidense, cerrada desde 2019. Además, el propio régimen venezolano ha dejado claro que planea enviar una delegación a EE. UU. para avanzar en ese camino. El mensaje es claro: el discurso antiimperialista se guarda cuando la realidad aprieta.
Rodríguez intenta caminar por la cuerda floja. Por un lado, condena la intervención militar estadounidense; por el otro, admite sin rodeos que necesita sentarse a negociar con la misma potencia que desmanteló el corazón del poder chavista. Una contradicción tan evidente que ni el mejor editor la salva.
En comunicados recientes, la dirigente ha hablado de una supuesta “agenda de cooperación” y de relaciones basadas en respeto e igualdad soberana. Traducción al lenguaje real: Caracas quiere sobrevivir, proteger lo que queda de sus intereses petroleros y evitar que el derrumbe político termine de llevárselo todo por delante.
Analistas coinciden en que este giro no es ideológico ni estratégico, sino puramente defensivo. El chavismo intenta ganar tiempo, calmar tensiones internas y vender firmeza hacia afuera, mientras por debajo de la mesa acepta que ya no tiene el control absoluto del tablero.
Al final, la reapertura de embajadas que Delcy Rodríguez intenta vender como un acto de dignidad nacional no es más que una adaptación forzada a una nueva realidad de poder. La misma cúpula que ayer gritaba “imperio” hoy toca la puerta de Washington, intentando negociar con quien, hace apenas semanas, le desmontó el régimen pieza por pieza.










