En plena debacle económica, con el país al borde del colapso productivo y sin aliados externos que lo sostengan, Miguel Díaz-Canel volvió a sacar del cajón su frase favorita: el famoso “cambio de mentalidad”. Otra vez. Como si repetirla bastara para llenar los mercados.
El escenario esta vez fueron los plenos extraordinarios del Partido Comunista en Granma y Holguín, donde el gobernante pidió abandonar la llamada “mentalidad importadora” y apostar por producir dentro del país todo aquello que, según él, Cuba está en condiciones de hacer por sí sola. Un discurso conocido, gastado y cada vez más desconectado de la realidad.
En Granma, una de las provincias más golpeadas por la escasez de alimentos, Díaz-Canel admitió lo evidente: fallas graves en la siembra de viandas, problemas con el acopio de leche y desorden en la contratación con los productores. Deficiencias que no son nuevas y que llevan años castigando directamente la mesa de los cubanos.
Aun así, el mandatario insistió en que el país no puede seguir gastando divisas en importar productos terminados que supuestamente podrían producirse dentro de la Isla. El problema es que esa producción nacional nunca llega, mientras los mercados siguen vacíos y los precios se disparan fuera del alcance de cualquier salario.
El contraste es brutal. Mientras desde los salones del Partido se habla de eficiencia, autonomía empresarial y estímulos productivos, en la calle lo que manda es la escasez, los apagones interminables y el dinero que no alcanza ni para empezar el mes. La distancia entre el discurso y la vida real ya no es ideológica: es abismal.
Durante el encuentro en Granma, las propias autoridades reconocieron fallos en la circulación mercantil, en el control fiscal y en el cumplimiento de los planes productivos. Aun así, volvieron a prometer que la situación puede mejorar “de cara a 2026”, una fecha que suena tan lejana como irreal para quienes hoy no tienen qué cocinar.
En Holguín, el guion fue prácticamente el mismo. Más llamados a aumentar la producción agroalimentaria, más énfasis en las exportaciones y más control ideológico, especialmente dirigido a los jóvenes, como si el problema de fondo fuera la falta de convicción política y no el fracaso del modelo.
Detrás de tanto llamado a “pensar diferente”, queda flotando una pregunta incómoda que el régimen evita responder: ¿cómo se traduce ese cambio de mentalidad en comida, electricidad estable y un alivio real al bolsillo del cubano?
Mientras el poder insiste en consignas, sacrificios y amenazas externas, la vida diaria en Cuba sigue siendo una carrera de supervivencia. Y cada vez que Díaz-Canel vuelve a hablar de mentalidad, lo que queda claro es que el problema no está en cómo piensa la gente, sino en un sistema que ya no funciona ni para sostener lo básico.










