Díaz-Canel se esconde en Fidel Castro para responderle a Trump: «No nos gusta que nos amenacen»

Redacción

Miguel Díaz-Canel volvió a refugiarse en el pasado este lunes, cuando compartió en sus redes sociales un video acompañado del eslogan “Fidel vive”, una consigna gastada que ya suena más a muletilla que a convicción. El material incluía un fragmento de un discurso de Fidel Castro de los años 80, cuando el régimen aún se sentía blindado por el respaldo del bloque socialista.

En el video, un Fidel Castro crecido por la protección soviética lanzaba frases de desafío contra sus enemigos, asegurando que al pueblo cubano ya no lo intimidaba nadie y que el miedo había quedado atrás. Un discurso duro, altisonante y propio de otra época, cuando el castrismo todavía tenía petróleo regalado, aliados fuertes y un enemigo predecible.

“Hay algo que no nos gusta, y no nos gusta que nos amenacen. No nos gusta que traten de intimidarnos: no nos gusta. Además, nuestro pueblo hace tiempo que ha perdido ya la idea de lo que es el miedo”, decía un Fidel Castro empoderado por el respaldo del “campo socialista”.

La publicación del gobernante impuesto por Raúl Castro no ocurre por casualidad. Llega justo cuando el tablero político regional se mueve con fuerza, tras la operación militar de Estados Unidos que terminó con la captura de Nicolás Maduro en Caracas y en medio de advertencias cada vez menos discretas desde Washington hacia La Habana, señalada como sostén clave del chavismo durante años.

Aunque Díaz-Canel no mencionó directamente a Estados Unidos ni a Venezuela, el mensaje funciona como una respuesta indirecta al aumento de la presión internacional. En los últimos días, altos funcionarios estadounidenses han dejado caer que Cuba podría convertirse en el próximo foco de sanciones más severas o acciones de contención, precisamente por su implicación militar y de inteligencia en el régimen venezolano.

El secretario de Estado Marco Rubio fue claro al sugerir que La Habana tenía motivos de sobra para preocuparse tras la caída de Maduro, recordando que el castrismo ha sido durante dos décadas el verdadero andamiaje del chavismo. Un señalamiento que desmonta el relato oficial de “solidaridad” y expone una relación basada en control, represión y conveniencia mutua.

Donald Trump, quien siguió de cerca la operación desde Mar-a-Lago, también apuntó directo al corazón del problema al afirmar que sin el respaldo cubano, el régimen venezolano se habría desplomado hace años. Según el expresidente, La Habana no solo apoyó políticamente a Maduro, sino que alimentó su maquinaria represiva, y ahora deberá enfrentar las consecuencias de esa injerencia.

En conversaciones posteriores con la prensa, Trump insistió en que el gobierno cubano debería estar muy inquieto, sugiriendo que la captura de Maduro podría desencadenar un efecto dominó capaz de sacudir al castrismo, cada vez más aislado y debilitado.

Rubio reforzó esa idea en una entrevista con NBC, donde aseguró que el aparato de seguridad de Maduro estaba prácticamente en manos cubanas, señalando a La Habana como el cerebro detrás de la represión venezolana. Para Washington, la liberación de Venezuela golpea de lleno la estructura de poder del régimen cubano y dificulta cualquier intento de recomponer ese eje autoritario.

El mensaje de fondo es evidente y nada sutil: la supervivencia del castrismo está atada a redes que se están cayendo una a una, y neutralizar a Cuba se considera clave para evitar que el chavismo vuelva a levantar cabeza.

En ese escenario, Díaz-Canel recurre al recurso más viejo del manual castrista: resucitar el mito de Fidel. El video escogido no es inocente. Muestra a un Fidel desafiante, firme, seguro de sí mismo, en plena Guerra Fría, intentando proyectar una imagen de resistencia épica frente al “imperio”.

Pero como dice el refrán, cuando más se grita valentía, más cerca suele estar el miedo. Detrás del mensaje retador se cuela una inseguridad política cada vez más difícil de disimular.

La Cuba que hoy gobierna Díaz-Canel no se parece en nada a la de los años 80. El país atraviesa una crisis económica brutal, con apagones interminables, salarios pulverizados, protestas reprimidas y un éxodo que vacía la Isla a velocidad récord. Los antiguos aliados regionales ya no están, y el respaldo internacional se ha ido evaporando.

A diferencia de Fidel, que contaba con el paraguas soviético y con acuerdos tácitos que le garantizaban sobrevivir, Díaz-Canel gobierna sin red, sin carisma y sin crédito popular. Su poder depende exclusivamente de la represión y del miedo que intenta negar en los discursos.

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