Raúl Castro desaparece y guarda silencio absoluto tras la caída de Nicolás Maduro en Venezuela

Redacción

Desde que fuerzas estadounidenses capturaron a Nicolás Maduro el pasado 3 de enero, Raúl Castro, el verdadero hombre fuerte del poder en Cuba, no ha dado señales de vida pública. Ni una comparecencia, ni un mensaje, ni una frase cuidadosamente filtrada. Nada. Un silencio que pesa más que cualquier discurso, justo cuando la supervivencia del régimen cubano atraviesa uno de sus momentos más delicados.

En un escenario de alta tensión regional, con gobiernos reaccionando en cadena a la caída del chavismo y a sus consecuencias directas para La Habana, Raúl ha optado por desaparecer del radar. No ha hablado, no ha sido visto y no ha sido exhibido, algo muy poco común cuando el poder en Cuba se siente amenazado.

La ausencia resulta todavía más llamativa si se tiene en cuenta que, aunque se retiró formalmente de los cargos en 2021, sigue moviendo los hilos esenciales del sistema, controla el entramado económico-militar de GAESA y mantiene una influencia decisiva sobre Miguel Díaz-Canel, un presidente sin peso propio.

Desde el Gobierno cubano, el único gesto que lo menciona de manera indirecta fue un tuit de la Cancillería que recicló una vieja frase suya pronunciada en una cumbre de la CELAC. Palabras sacadas de contexto, de otro momento político y de otra realidad, que no constituyen una posición actual ni una respuesta a la crisis que hoy sacude al régimen.

El silencio de Raúl también fue evidente durante la movilización organizada por el régimen en la Tribuna Antimperialista José Martí, convocada para condenar la captura de Maduro y denunciar una supuesta “agresión imperialista” contra Venezuela. Allí estuvo Díaz-Canel, estuvo la cúpula del Partido, pero Raúl brilló por su ausencia.

La última vez que se dejó ver públicamente fue en diciembre, durante la sesión final de la Asamblea Nacional del Poder Popular. En aquel acto fue presentado, una vez más, como “líder histórico de la Revolución”, sentado junto a Díaz-Canel y ovacionado por los diputados, en un intento evidente de proyectar continuidad y control.

Desde entonces, y especialmente tras la caída de Maduro —aliado clave que garantizaba petróleo subsidiado y oxígeno financiero—, Raúl Castro ha desaparecido del escenario público justo cuando el régimen más necesitaría esa imagen de autoridad.

Su silencio coincide con una crisis económica y social sin precedentes, marcada por apagones, inflación, escasez y un creciente malestar popular, ahora agravado por el colapso del principal sostén externo del castrismo.

En redes sociales y círculos políticos, la ausencia no ha pasado inadvertida. Muchos interpretan este mutismo como una señal de debilidad, de cálculo o incluso de evasión, en un momento en que cualquier posicionamiento implica riesgos.

En crisis anteriores —la muerte de Fidel, el 11J, los estallidos migratorios o las reformas constitucionales— la figura de Raúl era usada como garantía de orden y continuidad. Esta vez no. Y ese detalle, lejos de tranquilizar, añade más incertidumbre a un sistema que muestra grietas cada vez más visibles.

Que el jefe real del poder cubano no aparezca, no hable y ni siquiera sea exhibido simbólicamente dice más de la fragilidad del régimen que cualquier consigna oficial. En medio de un cambio regional que amenaza con consecuencias históricas para La Habana, la “desaparición” de Raúl Castro deja una pregunta incómoda flotando en el aire: ¿quién manda realmente cuando el barco empieza a hundirse?

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