Sandro Castro lanza su crítica más fuerte contra Díaz-Canel y deja claro con eso que sigue siendo un intocable por su apellido

Redacción

Sandro Castro, nieto del fallecido dictador Fidel Castro, volvió a encender la polémica en redes sociales con una publicación que no pasó desapercibida dentro ni fuera de Cuba. En su cuenta de Instagram compartió una imagen sosteniendo una cerveza Cristal, mirándola con devoción casi religiosa, acompañada de una frase tan simple como demoledora: “Cuando estoy contigo se me olvida que Díaz-Canel es presidente”.

La indirecta, esta vez, fue directa. No hubo metáforas ni rodeos. Es la referencia más clara y frontal que Sandro ha hecho hasta ahora contra Miguel Díaz-Canel, a quien convirtió en blanco explícito de su ironía. Y no ocurre en cualquier momento, sino cuando el régimen atraviesa uno de los escenarios más frágiles de su historia reciente.

Con Nicolás Maduro fuera del poder en Venezuela y el presidente estadounidense Donald Trump colocando nuevamente a Cuba bajo el reflector, La Habana enfrenta una tormenta política perfecta. En ese contexto, la burla del nieto de Fidel no suena a chiste ligero, sino a gesto calculado de alguien que huele el naufragio y empieza a marcar distancia.

No pocos recordaron el viejo refrán marinero que nunca falla: cuando el barco se hunde, las ratas son las primeras en saltar.

La relación entre Sandro Castro y las burlas hacia Díaz-Canel no es nueva. Desde hace meses, el nieto del dictador se ha dedicado a pinchar al gobernante con sarcasmo, memes y frases cargadas de desprecio disfrazado de humor. En diciembre pasado, ya había provocado revuelo al responder a un seguidor que él prefería tomar “Cristachhh” y no limonada, en clara alusión a aquella frase absurda de Díaz-Canel en 2020 cuando aseguró que “la limonada es la base de todo”.

Ese comentario reabrió el debate sobre los privilegios de los herederos del poder en Cuba. Mientras cualquier ciudadano puede acabar multado o preso por opinar, el nieto de Fidel se da el lujo de reírse del presidente sin que pase absolutamente nada.

Meses antes, en octubre, Sandro publicó un video que muchos consideraron una burla cruel a la miseria cotidiana del país. En la grabación, aparecía cavando un hueco del que iban saliendo productos imposibles para la mayoría de los cubanos: pollo, aceite, leche en polvo y hasta limones, todo mezclado con un juguete sexual, como si el desastre nacional fuera un sketch de mal gusto. Al encontrar los limones, remató con sarcasmo: “La base de todo no puede faltar”, otra puya directa al mandatario.

Lejos de esconderse, Sandro ha hecho de la impunidad un sello personal. En julio, volvió a lanzar otro dardo cuando, cerveza en mano, soltó: “¿Qué le dice el apagón al otro apagón? Somos continuidad”, burlándose del eslogan oficialista mientras el país vivía jornadas interminables sin electricidad.

Incluso en junio dejó claro su desprecio al darle “me gusta” a un comentario que ridiculizaba abiertamente a Díaz-Canel, un gesto mínimo pero elocuente, interpretado por muchos como una señal de desaprobación desde dentro del propio clan.

El cuadro que se va dibujando es incómodo para todos. Por un lado, expone la pérdida total de autoridad simbólica de Díaz-Canel, incluso entre los descendientes del castrismo. Por otro, deja al desnudo el cinismo de una élite que se permite bromear sobre el colapso del país mientras millones de cubanos sobreviven entre apagones, escasez, inflación y represión.

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