El actor cubano Rodolfo Rodríguez Faxas, asentado en Miami desde hace más de seis años, volvió a abrir el pecho para hablar de Cuba, ese lugar que no se va nunca, aunque uno cruce mares y empiece de cero. En una conversación íntima con el espacio La familia cubana, dejó claro que su relación con la Isla es visceral, de esas que no entienden de distancia ni de pasaportes.
“La energía que me da Cuba no me la ha dado ningún lugar”, confesó sin rodeos. No fue una frase bonita para la cámara, fue una verdad dicha con peso. Faxas explicó que su regreso siempre ha estado condicionado a algo muy simple y muy imposible bajo el sistema actual: poder vivir con dignidad de su arte, sin censuras, sin miserias y sin tener que sobrevivir a base de milagros.
Nacido en Cojímar, el actor habló de su barrio como quien habla de una parte del cuerpo. Cada visita, contó, es un viaje directo a la infancia, a la juventud, a lo que fue antes de que el país se le quedara pequeño a tantos sueños. Caminar descalzo por las rocas, aunque duela, es para él una forma de sentirse vivo. Cada herida le arranca una risa, como si el dolor también fuera una manera de volver a casa.
En Cuba, Faxas logró hacer lo que amaba. Actuó, fue reconocido, caminó por la calle sintiendo que su trabajo importaba. Ese aplauso cotidiano, el de la gente que te para para decirte “oye, te vi”, era parte de su felicidad. Algo que muchos artistas cubanos pierden cuando el talento choca contra un sistema que no deja crecer.
Antes de emigrar, dejó huella en el cine y el teatro cubanos con trabajos como Polvo en el viento, donde asumió el protagónico, además de proyectos como Los Heraldos Negros, Con palabras propias y la película El cuerno de la abundancia. Su salida de Cuba no estuvo marcada por la política ni por el dinero, sino por un divorcio devastador que lo empujó a empezar de nuevo lejos de todo lo conocido.
En Estados Unidos, la vida no fue una película. Faxas tuvo que reinventarse a golpe limpio, trabajando en lo que apareciera: jardinería, construcción, montaje de cocinas, venta de autos. El actor se volvió obrero, y en ese proceso conoció una soledad dura, silenciosa, de esas que no salen en Instagram.
Vivió momentos oscuros. En la entrevista confesó que, estando solo en Michigan, llegó a pensar en quitarse la vida. La distancia de Cuba y la ausencia del arte le pesaron como una losa. Aun así, nunca soltó del todo la actuación. Porque cuando eso corre por la sangre, no hay exilio que lo borre.
En 2024 logró regresar a la pantalla con la serie Crimen en Miami, de la plataforma PRONYR TV. El proyecto no solo le devolvió la cámara, sino también el contacto con la comunidad artística cubana en el exilio, ese pedazo de Isla que sobrevive fuera de la Isla.
Hoy, Faxas ha encontrado estabilidad económica junto a su esposa, la modelo Sol Rodríguez, con quien dirige un concesionario de automóviles en Miami. La vida se ordenó, al menos en lo material. Pero el corazón sigue mirando al Malecón.
“Si Cuba cambiara ahora mismo, no lo pienso dos veces. Me duele, me duele por todo”, dijo. No habló desde la política, habló desde la herida. Desde ese amor que muchos cubanos cargan encima mientras saben que el país que aman no les permite ser quienes son.







