Donald Trump aseguró que existe un deseo real y extendido entre los cubanos en Estados Unidos de regresar a la Isla para ayudar a levantarla, una afirmación que vuelve a poner en evidencia el contraste entre el potencial del país y el bloqueo interno impuesto por el régimen.
“Mucha gente aquí quiere volver a Cuba para ayudar”, afirmó el presidente durante una rueda de prensa. Recordó que muchos de esos cubanos llegaron sin nada, se hicieron prósperos en Estados Unidos y aun así mantienen el vínculo emocional y el compromiso con su país de origen. Para Trump, ese capital humano es un activo que Cuba tiene y que otros países simplemente no poseen.
El mensaje es demoledor para La Habana. La reconstrucción de Cuba no depende de ideología, sino de liberar a su gente, dentro y fuera de la Isla. Y la diáspora, lejos de ser “enemiga”, es una de las mayores fortalezas que el castrismo ha desperdiciado durante décadas.
A su lado, el secretario de Estado Marco Rubio fue todavía más directo. Planteó que la cúpula gobernante enfrenta una disyuntiva inevitable: permitir un país normal, con una economía funcional, o seguir aferrada a una dictadura que ya no se sostiene ni con consignas.
Rubio no se anduvo con rodeos. Señaló que Cuba ha estado mal dirigida por personas incompetentes, incapaces de entender cómo funciona una economía moderna. Durante más de 60 años, explicó, el régimen sobrevivió gracias a subsidios externos: primero Moscú, luego Caracas. Ese salvavidas ya no existe.
“El apoyo se acabó”, vino a decir el jefe de la diplomacia estadounidense, advirtiendo que persistir en el mismo modelo solo conduce a un colapso social y sistémico. No como amenaza externa, sino como consecuencia directa de un sistema que se niega a cambiar.
Trump reforzó esa idea al describir el estado actual de la Isla sin maquillaje diplomático. “Cuba está en muy mala situación”, afirmó, recordando su dependencia del petróleo y del dinero venezolano. Sin ese respaldo, el país queda expuesto como lo que es hoy: un Estado fallido sostenido a duras penas.
El mandatario subrayó que Cuba ya no recibirá ingresos ligados al crudo venezolano y que la realidad económica se impone, por mucho que el discurso oficial intente negarla. El mito de la resistencia se estrella contra la nevera vacía y el apagón diario.
En declaraciones posteriores, Trump prometió que su administración buscará apoyar a los cubanos en Estados Unidos que han sufrido persecución bajo el castrismo, enviando una señal clara de respaldo a una comunidad históricamente ignorada o demonizada por La Habana.
Sin entrar en detalles concretos, el mensaje político fue claro: la dictadura es el problema, no los cubanos. Y el futuro de la Isla pasa por romper la dependencia externa y el control interno que la mantienen atrapada.
Trump también recordó el viejo pacto entre La Habana y Caracas. Cuba daba protección política y represiva; Venezuela enviaba petróleo y dinero. Ese trato se vino abajo con la captura de Nicolás Maduro y la intervención estadounidense, dejando al régimen cubano sin padrino y sin coartada.
Las declaraciones de Trump y Rubio llegan en un momento clave, con el castrismo aislado, sin aliados fuertes y frente a una diáspora lista para reconstruir lo que la dictadura destruyó. El punto de inflexión está sobre la mesa. La pregunta ya no es si Cuba puede cambiar, sino cuánto más resistirá un régimen que le tiene miedo a su propia gente.







