Díaz-Canel responde histérico a declaraciones de Donald Trump: «Nadie nos dicta qué hacer»

Redacción

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, lanzó un mensaje directo y sin anestesia al régimen cubano, dejándole claro que se acabó el petróleo y el dinero que llegaban desde Venezuela tras la captura de Nicolás Maduro. Y como quien avisa no es traidor, también dejó sobre la mesa una advertencia: o negocian, o el escenario se les pone todavía peor.

Desde su plataforma Truth Social, Trump fue tajante. Aseguró que Cuba no recibirá más ni un centavo ni una gota de crudo, y recomendó al gobierno de La Habana que llegue a un acuerdo “antes de que sea demasiado tarde”. Traducido al cubano de a pie: se cerró el grifo y no hay plan B.

El mandatario recordó que durante años el castrismo sobrevivió gracias a enormes envíos de petróleo y recursos financieros desde Caracas, un intercambio que no tenía nada de altruista. A cambio, La Habana ofrecía servicios de seguridad y control político para proteger primero a Hugo Chávez y luego a Nicolás Maduro. Un negocio redondo para la cúpula, pagado con miseria para el pueblo.

Según Trump, ese esquema quedó enterrado tras la operación militar estadounidense del 3 de enero en Caracas. En ese contexto, afirmó que decenas de cubanos vinculados a la seguridad del régimen venezolano murieron durante el ataque, dejando al descubierto hasta qué punto La Habana estaba metida en el aparato represivo del chavismo.

El presidente estadounidense remató diciendo que Venezuela ya no necesita matones ni chantajistas importados, porque ahora estaría bajo la protección directa de Estados Unidos y de “el ejército más poderoso del mundo”. Un mensaje que no solo apunta a Caracas, sino que golpea de lleno al corazón del modelo de supervivencia del régimen cubano.

Como si fuera poco, Trump también avivó la polémica al reaccionar positivamente a una publicación en redes donde se sugería que Marco Rubio, actual secretario de Estado e hijo de cubanos, podría ser presidente de Cuba. Su respuesta, corta y explosiva, fue un simple “me suena bien”, suficiente para desatar nervios en los pasillos del poder en La Habana.

Desde el Palacio de la Revolución, Miguel Díaz-Canel respondió con el discurso gastado de siempre. Acusó a Estados Unidos de no tener “moral” y volvió a culpar al embargo de todas las desgracias económicas del país, evitando —una vez más— asumir la responsabilidad de un sistema fracasado que ha llevado a Cuba a la ruina.

El mandatario cubano insistió en presentarse como víctima histórica y habló de soberanía, resistencia y sacrificio, prometiendo defender la patria “hasta la última gota de sangre”. Pero fuera del micrófono, la realidad es otra: sin Maduro, sin petróleo y con Washington apretando el cerco, el régimen enfrenta uno de los momentos más frágiles de su historia reciente.

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