Hubo un tiempo en que mencionar la Tienda Carlos III era sinónimo de movimiento, modernidad y vida comercial en La Habana. Inaugurada a mediados de los años 50, aquel enorme complejo no tardó en convertirse en un punto de referencia para generaciones de habaneros. Su infraestructura moderna para la época y la variedad de servicios que ofrecía la colocaron rápidamente entre los espacios comerciales más emblemáticos de la capital.
Después de años cerrada y de ver pasar décadas complicadas para el comercio en Cuba, la Tienda Carlos III volvió a abrir sus puertas en 1997. Aquella reapertura llegó en medio de un contexto de cambios económicos y cierta apertura comercial que despertó muchas ilusiones. Para muchos, fue como reencontrarse con un viejo amigo. La nostalgia se mezcló con la esperanza de que el lugar recuperara su antiguo esplendor y volviera a ser ese centro de compras, ocio y encuentros familiares que tantos recuerdos había dejado.
Durante un tiempo, esa ilusión pareció hacerse realidad. La tienda volvió a ofrecer una amplia variedad de productos y servicios, manteniendo su fama como un sitio donde se podía encontrar “de todo un poco”. Carlos III recuperó, al menos parcialmente, su papel como espacio imprescindible para quienes buscaban calidad, variedad y una experiencia de compra diferente en La Habana.
Quienes la vivieron en su mejor momento lo recuerdan bien: mercados bien surtidos, áreas de juegos para los niños, cafeterías acogedoras y tiendas especializadas donde se vendía desde electrodomésticos hasta ropa, calzado y juguetes. Incluso contaba con ferretería. Era un verdadero punto de encuentro donde coincidían familias enteras, turistas curiosos y residentes de la capital. Siempre había gente, ruido, conversaciones cruzadas y ese murmullo constante que convertía cada visita en algo más que una simple compra.
Pero el país fue cambiando y la economía también. Poco a poco, aquel rostro vibrante comenzó a transformarse. La crisis económica dejó su huella y los mercados fueron perdiendo variedad. Muchos espacios terminaron funcionando como bodegas ampliadas, donde se vendían de forma normada productos básicos como pollo, picadillo y artículos de aseo, sobre todo para los vecinos de zonas cercanas.
Con el paso del tiempo, ni siquiera eso se mantuvo. La llegada del modelo de venta en dólares terminó de cambiarlo todo. Lo que antes era un hervidero de personas se convirtió en un lugar silencioso, casi fantasma. Las cafeterías están vacías, los pasillos resuenan con el eco de pasos aislados y las áreas que antes se llenaban de risas infantiles hoy parecen detenidas en el tiempo. Los estantes, antes repletos, ahora lucen vacíos o con productos inaccesibles para la mayoría.
La Tienda Carlos III, que un día simbolizó prosperidad, modernidad y convivencia social, hoy refleja una realidad mucho más dura: la distancia creciente entre los precios y el bolsillo del cubano común. Lo que antes estaba al alcance de casi todos, ahora parece diseñado para unos pocos.
Este contraste entre lo que fue y lo que es va más allá del comercio. Es una postal clara del cambio de prioridades, de oportunidades perdidas y de una ciudad que ha visto apagarse muchos de sus espacios emblemáticos. Carlos III sigue ahí, en pie, pero ya no es la misma. Su silencio actual pesa más que cualquier discurso y recuerda, con tristeza, todo lo que alguna vez representó.










