La violencia volvió a golpear con fuerza a la provincia de Santiago de Cuba. Vecinos de Yerba de Guinea, en el municipio Songo-La Maya, denunciaron el asesinato de un joven identificado como Hernán, quien perdió la vida tras recibir varios disparos, presuntamente efectuados con una escopeta. El hecho, divulgado inicialmente por la página oficialista Héroes del Moncada en Facebook, ha generado conmoción e indignación entre los residentes de la zona.
De acuerdo con la información disponible, tras cometer el crimen el agresor se dio a la fuga, intentando evadir a la policía en una localidad donde todos se conocen y donde la tensión se siente en el aire. La respuesta no vino solo desde las autoridades, sino desde los propios vecinos, cansados de la violencia y del abandono, que se volcaron a colaborar para dar con el responsable.
En menos de siete horas, el sospechoso fue localizado y detenido gracias a un operativo conjunto entre la policía y la comunidad. Durante la captura, las fuerzas del orden ocuparon el arma utilizada en el asesinato, una prueba clave en un país donde cada vez resulta más común que aparezcan armas en hechos criminales, pese al férreo control estatal que el régimen dice mantener.
El detenido fue puesto a disposición de los órganos judiciales, que ahora deberán esclarecer los hechos y determinar responsabilidades. Sin embargo, más allá del proceso legal, el crimen deja al descubierto una realidad incómoda: la creciente inseguridad que vive Cuba, especialmente en zonas rurales y orientales, donde la desesperación, la pobreza y la falta de futuro empujan a escenarios cada vez más violentos.
La participación de los vecinos fue decisiva para la rápida captura del sospechoso. No por confianza ciega en el sistema, sino por rabia, miedo y hartazgo. Muchos residentes expresaron su indignación ante un asesinato que sienten como una señal más del deterioro social que el régimen se niega a reconocer.
Las autoridades, como de costumbre, reiteraron su “compromiso con la seguridad ciudadana” y prometieron sanciones ejemplares. Un discurso repetido hasta el cansancio, mientras los homicidios, robos y agresiones se multiplican y el Estado sigue más enfocado en controlar opiniones que en proteger vidas.
Este caso no solo habla de un crimen aislado. Habla de un país donde la violencia ya no sorprende, donde la gente depende más de la solidaridad vecinal que de las instituciones, y donde el relato oficial de orden y tranquilidad se cae a pedazos frente a la cruda realidad. En la Cuba de hoy, la inseguridad también es consecuencia directa de un sistema que hace rato dejó de funcionar.






