El régimen cubano volvió a activar su maquinaria de desmentidos este fin de semana, tras la circulación en redes sociales de mensajes que hablaban de una supuesta suspensión de clases, actividades laborales y vida social en todo el país a partir del 12 de enero. La reacción fue rápida, casi nerviosa, y dejó claro que en La Habana nadie quiere perder el control del relato.
Desde el Ministerio de Educación salieron a decir que las clases continúan con total normalidad en todo el territorio nacional. Según la versión oficial, no existe ninguna restricción, suspensión ni cambio en el calendario docente y nada afecta el desarrollo del proceso educativo. El mensaje fue claro, aunque repetido hasta el cansancio: no pasó nada y no pasará nada… por ahora.
El comunicado insistió en que estudiantes y familias deben informarse únicamente por las llamadas “vías oficiales”, esa frase comodín que el régimen usa cada vez que intenta blindarse frente a rumores que se le van de las manos. También prometieron que, si ocurre alguna situación, ellos avisarán, como si la experiencia de años no demostrara exactamente lo contrario.
Casi al mismo tiempo, el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social salió a negar otro mensaje que circulaba en redes y que hablaba de la paralización de todas las actividades laborales y sociales. Según el régimen, se trata de un documento falso y malintencionado, cuyo único objetivo sería “sembrar desinformación”.
El problema es que en Cuba la desinformación no nace en Facebook, nace en el silencio oficial. Cuando no hay datos claros, cuando la economía se hunde, cuando faltan alimentos, combustible y electricidad, cualquier rumor prende como pólvora. Y el Gobierno lo sabe.
La Presidencia de la República también se sumó al coro, asegurando que no es cierta ninguna información sobre un cese de actividades en el país y repitiendo el mantra de siempre: infórmese solo por los canales oficiales. Un pedido que suena cada vez más hueco en una sociedad donde la credibilidad institucional está por el piso.
Detrás de estos desmentidos hay algo más que simples aclaraciones. Hay nerviosismo, hay miedo a que el descontento social se desborde y hay una clara intención de controlar la conversación pública en un momento especialmente delicado para el régimen.
Porque cuando un gobierno tiene que salir, tres veces seguidas y desde distintas instituciones, a decir que “todo está normal”, es precisamente porque la normalidad ya no convence a nadie. En la Cuba real, la de la calle, la gente no se guía por comunicados, sino por la experiencia diaria de apagones, escasez y un país que vive en vilo.










