Donald Trump volvió a sacudir el tablero y esta vez el golpe fue directo al corazón del régimen cubano. Desde su plataforma Truth Social, el presidente estadounidense anunció el corte inmediato de los envíos de petróleo y del apoyo económico que durante años Venezuela destinó a La Habana, un oxígeno vital para sostener la maquinaria del castrismo.
La decisión llega tras la captura de Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores durante un operativo militar estadounidense en Caracas. Con el chavismo fuera de juego, el crudo venezolano pasó a estar bajo supervisión directa de Washington, lo que cambia por completo las reglas del juego energético en la región.
Trump no se anduvo con rodeos. Afirmó que Cuba sobrevivió durante años gracias al petróleo y al dinero venezolano, y que a cambio ofreció “servicios de seguridad” a los últimos dictadores de ese país. Según el mandatario, la mayoría de esos operadores cubanos murieron tras el ataque estadounidense reciente, y Venezuela ya no necesita a los “matones y extorsionadores” que la mantuvieron secuestrada durante décadas.
El mensaje fue todavía más claro cuando remató diciendo que Venezuela ahora cuenta con la protección de Estados Unidos, “el ejército más poderoso del mundo”, y que no habrá más petróleo ni dinero para Cuba. Cero. Nada. Fin del juego. Trump incluso sugirió al régimen cubano que llegue a un acuerdo antes de que sea demasiado tarde, una advertencia que en La Habana deben haber escuchado como sirena de bombardeo.
Este giro marca un quiebre histórico en la relación entre Cuba y Venezuela, dos aliados atados por el chavismo y el manual del comunismo latinoamericano. Sin Maduro y sin el petróleo subsidiado, el castillo de naipes energético del régimen cubano empieza a tambalearse.
En paralelo, el secretario de Energía de Estados Unidos, Chris Wright, explicó ante inversores y banqueros en una conferencia organizada por Goldman Sachs en Miami que la Casa Blanca asumirá una supervisión directa e indefinida sobre la comercialización del crudo venezolano, tanto el ya almacenado como el que se produzca en el futuro.
Wright detalló que los ingresos generados serán depositados en cuentas bajo control estadounidense y luego utilizados en beneficio del pueblo venezolano, con el objetivo declarado de impulsar cambios estructurales en ese país. Nada de cheques en blanco ni favores ideológicos.
Desde el Departamento de Energía se aclaró que el levantamiento de sanciones al sector petrolero venezolano será selectivo y condicionado, permitiendo la comercialización internacional del crudo bajo estricta vigilancia.
Días antes, el propio Trump había adelantado que Venezuela entregaría entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo a Estados Unidos, valorados en unos 2.800 millones de dólares. Todo forma parte de una nueva estrategia energética que incluye la gestión directa de los activos petroleros venezolanos tras la caída de Maduro.
Por su parte, PDVSA confirmó que mantiene negociaciones con Estados Unidos para la venta de determinados volúmenes de crudo. La estatal venezolana aseguró que las conversaciones siguen un esquema comercial similar al de acuerdos con empresas como Chevron, apelando a la legalidad y la transparencia, un discurso que suena nuevo después de años de saqueo chavista.
La empresa también afirmó que estas gestiones buscan fortalecer alianzas energéticas, impulsar el desarrollo nacional y contribuir a la estabilidad del mercado global. Palabras bonitas que ahora, bajo supervisión extranjera, tendrán que convertirse en hechos.
Para Cuba, el panorama es desolador. El experto energético Jorge Piñón advirtió que perder el petróleo venezolano tendría efectos inmediatos y devastadores sobre el funcionamiento del país, dada la dependencia del crudo para sostener la electricidad, el transporte y la industria.
La Isla recibía entre 32.000 y 35.000 barriles diarios de petróleo venezolano, cubriendo cerca de la mitad de su déficit energético. Sin ese apoyo, el régimen tendría que salir a comprar petróleo al mercado internacional, gastando más de dos millones de dólares diarios, en un momento agravado por la caída de los envíos desde México.










