En pleno aumento de la tensión entre Washington y La Habana, Claudia Sheinbaum decidió mover ficha. La presidenta de México dejó caer que su gobierno podría servir como intermediario entre Cuba y Estados Unidos, justo cuando el régimen cubano atraviesa uno de los períodos de mayor aislamiento político y económico en décadas.
La señal llegó durante su conferencia matutina, ese espacio donde casi todo se dice y poco se cuestiona. Allí, Sheinbaum afirmó que México estaría dispuesto a actuar como “vehículo de comunicación” entre ambos países, siempre y cuando exista voluntad de las dos partes. Una frase diplomática que, traducida al lenguaje real, suena más a rescate político que a neutralidad.
El momento no es casual. Sus declaraciones aparecen mientras Donald Trump lanza advertencias directas al régimen cubano, instándolo a “hacer un trato antes de que sea demasiado tarde”, en un escenario totalmente nuevo para La Habana. La captura de Nicolás Maduro y el derrumbe del respaldo venezolano dejaron a Cuba sin su principal salvavidas: petróleo barato y dinero constante.
Ante ese panorama, Sheinbaum intentó quitarle hierro a las críticas por el envío de crudo mexicano a la isla. Minimեցó el tema y descartó cualquier impacto interno, asegurando que al pueblo mexicano “como que no le preocupa mucho”. Según ella, no hay escasez ni subidas de precios, como si la preocupación social se midiera por decreto presidencial.
También defendió el suministro a Cuba como una ayuda “histórica”, aclarando que no nació con su gobierno. Prometió transparencia sobre los volúmenes y condiciones del envío, aunque sin fechas ni detalles concretos, una fórmula ya conocida cuando se trata de apoyar a dictaduras amigas.
Pero más allá del debate energético, lo verdaderamente relevante es el timing político. Cuba vive una crisis estructural profunda, golpeada por apagones, escasez, migración masiva y una economía en ruinas. A eso se suma la pérdida de su principal aliado regional y la amenaza real de nuevas sanciones desde Washington.
Trump ha sido claro: el margen del régimen se achica cada día más. Mientras tanto, Miguel Díaz-Canel sigue negando cualquier posibilidad de negociación política con Estados Unidos y se refugia, una vez más, en el discurso gastado de la “soberanía” y el embargo, como si repetirlo pudiera llenar los tanques de combustible o las mesas vacías.










