Durante años, el petróleo venezolano fue el salvavidas energético del régimen cubano. Hoy ese cordón umbilical está cortado. Desde mediados de diciembre no ha llegado a la Isla ni un solo cargamento de crudo o combustible desde Venezuela, según documentos internos de PDVSA y datos de tráfico marítimo citados por Reuters. Los puertos están en silencio y los tanqueros, simplemente, dejaron de aparecer.
La captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses a inicios de enero terminó de sellar una ruptura que venía gestándose y que deja a La Habana sin su principal sostén energético. Lo que antes se maquillaba como “cooperación estratégica” hoy es una ausencia total que desnuda la fragilidad del modelo cubano.
En 2025, Venezuela enviaba a Cuba unos 26.500 barriles diarios, alrededor de un tercio de todo el combustible que necesita el país para funcionar. Esa cifra hoy es cero. El mensaje es claro: el chavismo ya no puede —ni quiere— seguir cargando al castrismo.
Sin ese flujo vital, el gobierno de Miguel Díaz-Canel entra en una tormenta perfecta. La escasez de combustible se siente en cada esquina: apagones eternos, transporte prácticamente paralizado y familias que vuelven a cocinar con leña o carbón, como si el tiempo hubiera retrocedido décadas.
Es cierto que han llegado algunos cargamentos aislados desde México, como un buque con unos 85.000 barriles procedentes de Coatzacoalcos, pero incluso los especialistas coinciden en que eso apenas sirve para estirar la agonía. No alcanza ni de lejos para mantener encendida la Isla.
“La situación va a ser catastrófica”, advirtió el investigador cubano Jorge Piñón, de la Universidad de Texas. Y no es alarmismo. Es la descripción fría de un país que se queda sin petróleo, sin aliados fuertes y sin margen para seguir improvisando.
Mientras Díaz-Canel repite consignas y promete resistir “hasta la última gota de sangre”, la realidad va por otro carril. Cada día sin crudo venezolano acelera el desgaste económico, profundiza el malestar social y acerca a Cuba a un punto de no retorno.
La pregunta ya no es si el régimen puede aguantar este golpe. La verdadera incógnita es cuánto tiempo más podrá sostener la farsa, antes de que la escasez, el cansancio y la presión social hagan imposible seguir fingiendo que todo está bajo control.







