Cuba volvió a despertar este miércoles con apagones generalizados de punta a punta, confirmando que el colapso del Sistema Eléctrico Nacional ya no es una amenaza futura, sino una rutina instalada. La propia Unión Eléctrica de Cuba admitió que la disponibilidad apenas alcanzó 1.420 megavatios, frente a una demanda de 2.050 MW, una brecha que explica por qué el país sigue funcionando a media luz… cuando funciona.
El lunes ya había dado señales claras del desastre. La afectación máxima llegó a 1.911 MW en pleno horario pico, impulsada por la salida imprevista de la unidad 6 de la termoeléctrica Renté y un consumo que, según el discurso oficial, “superó lo planificado”. Traducción sencilla: el sistema no aguanta ni cuando se hace el optimista. Los apagones comenzaron de madrugada y, lejos de resolverse, se arrastraron durante toda la jornada siguiente.
En La Habana, que suele recibir un trato preferencial, los cortes alcanzaron 303 MW en la noche. El servicio regresó cerca de la medianoche, pero el alivio duró poco. Al amanecer, varias zonas volvieron a quedarse sin corriente, recordando que ni la capital está a salvo del desastre energético.
El panorama técnico es un catálogo de ruinas. Varias termoeléctricas clave están fuera de combate por averías, mientras otras operan a medias o permanecen en mantenimiento eterno. A eso se suma el verdadero talón de Aquiles del régimen: la falta crónica de combustible y lubricantes, que mantiene apagadas decenas de centrales de generación distribuida. En total, más de 1.000 MW están perdidos simplemente porque no hay con qué echar a andar los motores.
El Gobierno intenta vender los parques solares como tabla de salvación. La UNE celebró que los nuevos paneles fotovoltaicos aportaron algo más de 3.000 MWh en una jornada, con un pico de 571 MW. Suena bonito en la nota oficial, pero en la práctica no alcanza ni para tapar los huecos más urgentes, mucho menos para rescatar un sistema eléctrico obsoleto y mal gestionado durante décadas.
Y lo que viene no pinta mejor. Para el horario pico nocturno, la propia UNE reconoce un escenario desolador. Aunque se espera una ligera mejora en la generación, el déficit rondará los 1.765 MW, lo que se traducirá en apagones masivos que pueden rozar los 1.800 MW. En buen cubano: media Cuba apagada otra vez.
Mientras tanto, la vida cotidiana sigue pagando la factura. En provincias como Holguín, Camagüey, Villa Clara o Santiago de Cuba, los reportes ciudadanos hablan de más de 10 horas diarias sin electricidad, con consecuencias directas en la comida, el descanso, la salud y el trabajo. La producción se paraliza, los hogares se desesperan y el régimen responde con partes técnicos que ya nadie cree.
La crisis energética no es un accidente ni una mala racha. Es el resultado de años de abandono, improvisación y propaganda, donde se prometió soberanía eléctrica mientras se dejaban morir las plantas y se dilapidaban recursos. Hoy, Cuba no solo está a oscuras: está pagando el precio de un modelo que nunca funcionó.










