El exespía cubano Gerardo Hernández Nordelo, una de las figuras más recicladas del relato oficialista y presentado durante años como “Héroe de la República”, volvió a escena esta semana con una publicación que pretendía infundir respeto… pero terminó provocando carcajadas.
Desde su cuenta de Facebook, Hernández compartió una imagen donde aparece manipulando un arma de gran calibre, acostado en posición de tirador, acompañada de una frase solemne: que el pueblo cubano ama la paz, pero no se sorprendería ante una guerra. Todo adornado con hashtags patrióticos que ya suenan más a consigna gastada que a mensaje real.
El problema es que la puesta en escena no convenció a nadie. En lugar de aplausos o respaldo, el post se llenó de risas, burlas y críticas demoledoras, tanto desde dentro de la Isla como desde el exilio. Las reacciones no dejaron lugar a dudas: el intento de épica terminó convertido en meme.
La imagen, lejos de proyectar fuerza, transmitía improvisación. Un colchón fino, ropa civil y un arma que muchos identificaron como reliquia soviética fueron suficientes para que los comentarios se dispararan. Para una población acostumbrada a la escasez y al discurso hueco, aquello parecía más un sketch que una advertencia.
El sarcasmo corrió libre. Hubo quien se preguntó si el colchón también iría al combate, otros ironizaron con la antigüedad del armamento y no faltó quien resumiera la confianza en la defensa nacional apostando por el “ejército de mosquitos”. La escena no inspiró respeto, inspiró choteo, ese termómetro infalible del descontento cubano.
Pero más allá del humor, el mensaje tocó un nervio sensible. Muchos usuarios aprovecharon para cuestionar el discurso belicista del régimen, recordando que la gente en Cuba no está pensando en guerras, sino en sobrevivir. Libertad, comida, electricidad y futuro pesan mucho más que consignas armadas desde la comodidad del poder.
El cansancio fue evidente. La idea de una guerra inminente sonó ajena, desconectada de una realidad marcada por apagones interminables, salarios de miseria y una emigración que no da tregua. Hablar de sacrificios cuando nunca sacrifican los mismos de siempre ya no cuela.
También reapareció una crítica recurrente: quiénes serían realmente los primeros en ir al frente. La percepción general es clara. La élite del poder nunca paga el precio de sus discursos, y sus familias siempre quedan lejos del peligro que promueven desde tribunas seguras.
Algunos comentarios fueron más directos y menos humorísticos. Señalaron que el lenguaje de guerra no es más que una herramienta para silenciar reclamos sociales, desviar la atención y justificar la represión. Mientras unos posan con armas, millones sobreviven sin derechos ni esperanzas.
En ese contraste está la clave del fracaso del mensaje. La foto pretendía mostrar coraje, pero expuso desconexión. Quiso imponer respeto y obtuvo burla. Intentó alimentar el miedo y terminó revelando hastío.
La publicación de Gerardo Hernández no fortaleció el relato oficial. Al contrario, se convirtió en otra muestra del desgaste de una propaganda que ya no intimida, no moviliza y no convence. En una Cuba agotada de consignas, la prioridad no es la guerra, es el cambio. Y eso, por mucho hashtag que se repita, ya no se puede tapar.










