¿Podrían los cubanos quedarse sin internet si Trump obliga a Venezuela a cortar el cable submarino que se la brinda desde Caracas?

Redacción

La captura de Nicolás Maduro no solo estremeció a Caracas. En La Habana sonaron todas las alarmas. No por solidaridad ideológica —eso viene en automático—, sino por algo mucho más delicado: el control de la información. Cuando se mueve el tablero en Venezuela, en Cuba se revisan cables, servidores… y reflejos represivos.

Tras la operación estadounidense que terminó con Maduro fuera de juego, el Palacio de la Revolución entendió rápido el problema. No se trata solo de perder a un aliado político, sino de poner en riesgo la arteria digital que sostiene buena parte del internet cubano. Y ahí entra en escena el viejo conocido: el cable submarino ALBA-1.

ALBA-1: soberanía de cartón, control real

Desde 2013, el cable ALBA-1 conecta a Cuba con Venezuela a través de Santiago de Cuba y La Guaira. Fue vendido como una hazaña de “soberanía tecnológica” frente a Estados Unidos. En la práctica, fue el candado perfecto: más ancho de banda, sí, pero también más vigilancia, más censura y más control estatal del tráfico de datos.

Durante años, el acuerdo funcionó porque era político, no comercial. Cuba pagaba poco o nada, compensando con médicos y asesoría. El chavismo ponía la infraestructura. Todos felices en el club de las dictaduras. Hasta ahora.

Con Maduro fuera, el cable tiembla

El problema para La Habana es que el futuro del ALBA-1 ya no depende de la lealtad ideológica. Con Washington supervisando la transición venezolana, la posibilidad de que Cantv sea privatizada dejó de ser ciencia ficción. Y un operador privado no trabaja con consignas, trabaja con facturas.

Si Cantv cambia de manos, Cuba tendría que pagar tarifas de mercado o renegociar desde una posición humillante. Eso se traduce en menos ancho de banda, servicios más inestables o cortes selectivos. Para un régimen obsesionado con controlar la conversación pública, ese escenario es una pesadilla.

Analistas citados por medios internacionales coinciden en algo: el cable no está en peligro inmediato, pero ya no es intocable. Y en La Habana lo saben.

Internet: cuando la respuesta siempre es apagar

La historia reciente lo deja claro. Cada vez que el régimen siente que pierde el control, apaga el internet. Pasó en julio de 2021, pasó después, y volverá a pasar si hace falta. No es una falla técnica, es una doctrina de poder.

Por eso el miedo no es solo técnico. Es político. Si Estados Unidos decide auditar infraestructuras venezolanas o exigir transparencia en el manejo del ALBA-1, Cuba quedaría expuesta como nunca antes. Vigilada desde fuera. Sin margen para maniobras oscuras.

Starlink: el fantasma que no los deja dormir

Aquí aparece el verdadero terror del régimen. No un corte, sino lo contrario: internet libre. La posibilidad de que Washington, con apoyo de Elon Musk, active Starlink para Cuba sería un golpe directo al monopolio de ETECSA. Millones de cubanos conectados sin censura, sin filtros, sin chivatos digitales.

Eso no es un problema técnico. Es dinamita política.

Ya pasó en Ucrania. Ya pasó en Irán. Y aunque hoy no hay señales concretas, el simple rumor basta para provocar sudores fríos en los despachos del poder.

El talón de Aquiles del control

La ironía es brutal. El cable que un día simbolizó la “independencia” tecnológica frente a Washington puede convertirse en el punto más débil del sistema de censura cubano. Sin petróleo venezolano, sin padrinos sólidos y con el ALBA-1 bajo lupa, el régimen queda desnudo.

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