La ausencia de Raúl Castro en el acto de homenaje a los militares cubanos caídos en Venezuela no pasó desapercibida. Al contrario: volvió a encender todas las alarmas sobre su estado de salud y su desaparición definitiva de la vida pública, esa que durante décadas controló con puño de general.
La ceremonia, celebrada este martes en la embajada de Venezuela en La Habana, reunió al núcleo duro del régimen. Allí estuvieron Miguel Díaz-Canel, Manuel Marrero, Bruno Rodríguez, Esteban Lazo y otros rostros habituales del poder. Pero el histórico mandamás, ya con 94 años, no apareció por ningún lado. Ni en persona, ni en palabras, ni siquiera en una mención protocolar.
El acto fue transmitido parcialmente por el Noticiero Nacional de Televisión. Las cámaras mostraron firmas solemnes en el libro de condolencias, discursos cargados de épica y consignas recicladas. Raúl Castro, simplemente, no existió en la narrativa oficial. No hubo mensaje suyo, ni carta, ni una línea leída “en su nombre”. Un silencio demasiado ruidoso incluso para los estándares del régimen.
Desde la captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses el pasado 3 de enero, Raúl no ha vuelto a dejarse ver ni oír. Su última aparición pública data del 2 de diciembre de 2025, durante el acto por el aniversario del desembarco del Granma y la fundación de las FAR. Aquella vez, las imágenes hablaron solas: se le vio visiblemente frágil, con dificultades para caminar y apoyado constantemente.
Desde entonces, el general que tomó las riendas tras la muerte de su hermano parece haberse esfumado del escenario político, literalmente con “un pie en el estribo”. Y su ausencia, precisamente en un acto de alto simbolismo militar y diplomático, refuerza la idea de que su influencia real se ha reducido a cero.
Mientras tanto, Díaz-Canel intenta ocupar el espacio vacío a golpe de consignas y gestos de lealtad al legado de Fidel y Chávez. Pero una cosa es repetir discursos y otra muy distinta llenar el hueco de poder que deja el patriarca militar en plena tormenta regional.
Con el chavismo en caída libre, Venezuela en transición y Cuba hundida en crisis energética, económica y social, el silencio de Raúl Castro no transmite estabilidad, sino ocaso. El régimen pierde a su último sostén histórico justo cuando más expuesto está. Y esta vez, ni los homenajes ni las consignas parecen suficientes para disimularlo.










