En medio del peor derrumbe económico y social que ha vivido Cuba en décadas, el Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias decidió regresar a su zona de confort: el miedo, el enemigo externo y la guerra eterna. Cuando no hay pan, se reparte consignas; cuando no hay luz, se encienden fantasmas.
En una reciente publicación en Facebook, el MINFAR desempolvó su libreto más gastado y aseguró que “las banderas de la Revolución y el socialismo no se entregan sin combatir”, advirtiendo que una supuesta derrota tendría consecuencias “incalculables”. Traducido al idioma del régimen: si el sistema cae, vendrá el apocalipsis.
El mensaje no se quedó corto. Habló de “derramamiento inútil de sangre”, de hombres y mujeres inocentes, y hasta de un “genocidio” impulsado por la “sed de venganza de la contrarrevolución”. Todo bien cargado de dramatismo, como si el problema real de Cuba no fuera la escasez, la inflación y los apagones interminables, sino una invasión que solo existe en los discursos oficiales.
El cierre fue el de siempre: “La defensa de la patria socialista es un deber de todos los cubanos”. Una frase que, en la práctica, significa que el pueblo debe estar dispuesto a sacrificarse por un sistema que no le garantiza ni lo básico para vivir.
Poco después, el propio MINFAR reforzó la puesta en escena con otra publicación, esta vez citando a Fidel Castro y defendiendo la llamada “elevada preparación para la defensa” como fórmula mágica para “prevenir la guerra”. La conclusión sonó a consigna reciclada: “La guerra que evitemos es nuestra mayor victoria”. Todo muy épico… y muy desconectado de la realidad.
La retórica no es nueva, pero sí cada vez más desesperada. En otro mensaje reciente, el organismo llegó a afirmar que “ningún enemigo estará a salvo en Cuba”, y que cualquier fuerza extranjera podría “volar con una mina o caer en una emboscada”. El texto vino acompañado de imágenes de soldados disparando ametralladoras y manipulando minas antipersonales, como si la Isla entera fuera una trinchera de museo.
Estas publicaciones forman parte de una nueva etapa de preparación militar semanal, bajo la consigna de la “guerra de todo el pueblo”. Cada sábado, según el régimen, habrá actividades militares, políticas e ideológicas con milicias, reservistas y civiles, incluyendo prácticas de tiro con fusiles soviéticos y demostraciones con drones más simbólicas que efectivas. Mucho ruido, poca modernidad.
El contraste no podría ser más grotesco. Mientras Cuba presume armas de la Guerra Fría y minas antipersonales, Estados Unidos avanza en su modernización militar con tecnología de última generación, inversiones multimillonarias y sistemas avanzados de defensa. De un lado, portaaviones y alta tecnología; del otro, consignas, fusiles oxidados y épica de los años 60.
En redes sociales, la reacción ha sido mayoritariamente de burla, enojo y hastío. Más allá de los perfiles oficialistas repitiendo consignas, abundan los comentarios que señalan lo obvio: los hijos de la cúpula no van a la guerra, viven cómodos en países capitalistas, mientras se espera que los jóvenes de a pie sean “carne de cañón”.
Otros se preguntan, con ironía afilada, si la guerra será con armas de hace seis décadas, y muchos resumen el sentir popular sin rodeos: “el enemigo no está afuera, está gobernando”.
En un país marcado por apagones, salarios pulverizados, escasez de alimentos y una migración masiva sin precedentes, el MINFAR ha optado por reactivar la épica del miedo. El cuento del “genocidio” no busca preparar a nadie para una guerra real, sino reforzar el control, la disciplina y el silencio, mientras la vida cotidiana se desmorona.
Una vez más, el régimen intenta convencer a una población exhausta de que su principal problema no es la falta de comida, de medicinas o de electricidad, sino un enemigo externo invisible.










