En medio de la distribución de ayuda humanitaria en Cuba, el jefe de misión de Estados Unidos en La Habana, Mike Hammer, dejó caer una frase que resonó con fuerza en los pasillos del poder: “el régimen cubano tendrá que escoger”. No fue una amenaza directa, pero tampoco una cortesía diplomática. Fue un aviso seco, medido y calculado.
Durante un intercambio con periodistas, en el contexto del arribo de ayuda canalizada a través de la Iglesia católica para damnificados, Hammer evitó adelantar detalles sobre acciones concretas en curso por parte de Washington. Aun así, dejó claro que algo se está moviendo y que las decisiones importantes no se anunciarán desde La Habana, sino desde la Casa Blanca.
“Hablamos de estos temas, pero todavía no estamos listos para compartirlos con el mundo”, dijo al referirse a un encuentro reciente con Marco Rubio. La línea fue clara: cuando haya anuncios, los hará Donald Trump junto a su secretario de Estado, no un diplomático de rango medio. Traducción política: lo que viene es serio.
Hammer insistió en marcar una frontera que Washington repite como mantra: el pueblo por un lado, el régimen por otro. Según explicó, la prioridad de EE.UU. es llegar directamente a las familias cubanas sin que el aparato estatal meta mano. La ayuda, recalcó, no está diseñada para sostener estructuras de poder, sino para aliviar una necesidad real en un país donde sobrevivir se ha vuelto una hazaña diaria.
El diplomático subrayó que la embajada seguirá enfocada en proteger los intereses estadounidenses, impedir que Cuba represente una amenaza y avanzar hacia lo que definió sin rodeos como el interés nacional de una Cuba libre. Nada de eufemismos. Nada de lenguaje ambiguo.
En ese contexto, Hammer vinculó la presión política con el colapso energético regional tras el fin del petróleo venezolano. Recordó que el crudo enviado por el régimen de Maduro funcionó durante años como combustible político para la cúpula cubana, alimentando al aparato de seguridad y manteniendo viva una estructura represiva que hoy se queda sin oxígeno.
Según explicó, Washington trabaja precisamente para evitar que esos recursos vuelvan a sostener al sistema. Y puso un ejemplo incómodo para La Habana: cómo justificar ante la población que no se acepta ayuda humanitaria cuando la gente la necesita para sobrevivir. Una pregunta sencilla, pero letal para un régimen que vive de discursos épicos mientras el pueblo hace malabares para comer.
Hammer reiteró que el mensaje que transmite cuando camina por los barrios es siempre el mismo: Estados Unidos quiere que los cubanos vivan en libertad. Y advirtió que cualquier intento del gobierno de desviar la ayuda solo podría hacerse arrebatándosela a las familias, algo que —dijo— estaría bajo observación.
La logística de la asistencia no es sencilla. La falta de combustible complica la distribución, pero aun así el plan avanza con vuelos chárter desde Miami hacia Holguín y Santiago de Cuba, además de un barco con el resto de los suministros. La ayuda podría beneficiar a unas 24.000 personas en las provincias más golpeadas por el huracán Melissa, que azotó el oriente del país el pasado octubre dejando un panorama desolador.
Todo esto ocurre mientras Cuba atraviesa una crisis profunda, con apagones eternos, escasez generalizada y daños aún visibles en viviendas, infraestructura y servicios básicos. Un escenario perfecto para desnudar la incapacidad del régimen y, de paso, su cinismo.
La presión no se limita al terreno humanitario. Días antes, Donald Trump lanzó una advertencia directa y sin anestesia. Aseguró que no habrá más petróleo ni dinero desde Venezuela y sugirió a La Habana que “haga un trato antes de que sea demasiado tarde”. El mensaje llegó poco después de la captura de Nicolás Maduro y Cilia Flores, un golpe que dejó a Cuba sin su principal sostén regional.
Trump fue más allá al recordar que durante años el régimen cubano vivió del petróleo venezolano a cambio de “servicios de seguridad” prestados a Caracas. “Pero ya no más”, escribió, antes de afirmar que Estados Unidos asumirá la protección del pueblo venezolano y que los “matones” enviados desde La Habana ya no tienen cabida.
El tablero cambió. Y aunque en público el régimen cubano siga hablando de resistencia y soberanía, puertas adentro sabe que el margen se achica. Entre aceptar ayuda sin control, perder aliados estratégicos y enfrentar una presión internacional creciente, la elección se vuelve inevitable.










