El hallazgo del cuerpo decapitado de un hombre en la línea del ferrocarril del municipio artemiseño de San Cristóbal ha sacudido a la comunidad y vuelto a encender las alarmas sobre el deterioro de la seguridad en Cuba. El hecho, que comenzó a circular en redes sociales, generó una ola de conmoción entre los vecinos, mientras las autoridades, como ya es costumbre, optaron por el silencio.
Según reportes iniciales difundidos en plataformas digitales y recogidos por la página Nio Reportando un Crimen, en un primer momento no se conocía la identidad del fallecido ni las circunstancias exactas en las que ocurrió la muerte. Lo que sí estaba claro era la brutalidad del suceso y el miedo que dejó en la zona.
Usuarios en redes aseguraron que el hecho ocurrió el día anterior al hallazgo, provocando alarma inmediata entre los pobladores de San Cristóbal. En un país donde la información oficial llega tarde, mal o nunca, fueron las redes las que volvieron a hacer el trabajo que el Estado no hace.
Horas después, tras nuevas publicaciones y comentarios de seguidores, el fallecido fue identificado como Basilio Palacios, un vecino del municipio dedicado a la venta de carne de cerdo. La confirmación no vino de la Policía ni de ningún medio oficial, sino de ciudadanos que, ante el vacío informativo, se ven obligados a reconstruir la verdad a pedazos.
A pesar de que el nombre ya circula ampliamente, las causas y circunstancias de la muerte siguen siendo un misterio. No se sabe si se trató de un asesinato, un accidente o un hecho vinculado a la creciente violencia que se vive en muchas zonas del país. El régimen, una vez más, no ha dicho ni una palabra.
El silencio oficial solo alimenta la incertidumbre y el malestar. En lugar de informar y tranquilizar a la población, las autoridades prefieren esconder los hechos bajo la alfombra, como si callar los crímenes hiciera desaparecer el miedo.
Este caso vuelve a exponer una realidad incómoda para el discurso triunfalista del poder. Mientras el Gobierno insiste en vender una imagen de control y orden, la violencia real se filtra por las vías del tren, por los barrios y por las redes sociales, sin censura posible.










