El gobernante cubano Miguel Díaz-Canel volvió a subirse al podio del discurso beligerante, asegurando este viernes que Cuba “no hará ninguna concesión política” ante las presiones del gobierno de Estados Unidos. La respuesta llega tras las recientes declaraciones de Donald Trump, quien instó al régimen de La Habana a “hacer un trato antes de que sea demasiado tarde”.
Desde la Tribuna Antiimperialista, escenario habitual de consignas gastadas, Díaz-Canel advirtió que, ante cualquier agresión, Cuba respondería con una supuesta fiereza heredada de “generaciones de combatientes”, mezclando en el mismo saco las guerras del siglo XIX, la Sierra Maestra, África y ahora Caracas. Una épica reciclada, justo cuando el país apenas aguanta apagones, hambre y desesperanza.
El mandatario dejó claro que no contempla ceder en nada. Aseguró que no habrá rendición, ni claudicación, ni entendimiento posible si, según él, media la coerción o la intimidación. Habló de diálogo, pero solo “en igualdad de condiciones”, una frase que en la práctica significa diálogo sin cambios y sin reformas reales.
En su arremetida verbal, Díaz-Canel cargó directamente contra Washington, acusando a Trump y al secretario de Estado Marco Rubio de liderar una política de agresión regional. Fiel al libreto de la Guerra Fría, se refirió al presidente estadounidense como “el emperador de la Casa Blanca” y volvió a colocarse en el papel de víctima eterna del “imperio”, aunque los cubanos hace rato saben quién los aprieta de verdad.
El dramatismo subió de nivel cuando afirmó que ni una ofensiva total podría doblegar a Cuba. Llegó a decir que tendrían que secuestrar o desaparecer a millones, y aun así el “fantasma del archipiélago” perseguiría a sus enemigos. Frases grandilocuentes, aplausos dirigidos y ninguna palabra sobre cómo llenar la olla mañana.
En el mismo tono incendiario, acusó a Estados Unidos de promover métodos “fascistas” tras la operación que terminó con la captura de Nicolás Maduro y aseguró que Washington abrió una era de barbarie y neofascismo en el Caribe. Todo dicho con la intención clara de atar el destino de Cuba a un chavismo que ya se desplomó.
El discurso llega después de un mensaje directo de Trump, publicado el 11 de enero en Truth Social, donde advirtió que no habrá más petróleo ni dinero procedente de Venezuela hacia la isla. Un golpe seco al corazón del modelo cubano, acostumbrado a sobrevivir gracias a subsidios ajenos y no a productividad propia.
La captura de Maduro y Cilia Flores en Caracas dejó al régimen cubano en una posición extremadamente frágil. Durante años, La Habana fue una de las grandes beneficiarias del petróleo venezolano a cambio de asesores militares, médicos y agentes de inteligencia. Con Maduro fuera del juego y Estados Unidos supervisando la transición, el grifo se cerró casi por completo.
En ese contexto, el tono desafiante de Díaz-Canel parece menos una demostración de fuerza y más un intento desesperado por cohesionar a sus bases. Puertas adentro, el país vive entre apagones interminables, escasez crónica y un malestar social que ya no se disimula con consignas.
La advertencia de Trump marca un endurecimiento claro de la política estadounidense hacia La Habana. Esta vez, sin petróleo venezolano ni chequera chavista, el régimen cubano enfrenta el reto más serio de su supervivencia reciente. Mucho discurso, mucha épica… pero cada vez menos recursos para sostener el cuento.










