La paciencia de Washington parece haberse agotado. Un alto funcionario del Departamento de Estado lanzó este jueves una advertencia clara y sin rodeos al régimen cubano: no metan mano en la ayuda humanitaria enviada por Estados Unidos o habrá consecuencias directas desde la Casa Blanca.
El mensaje vino de Jeremy Lewin, subsecretario adjunto de Estado para Asistencia Humanitaria, quien dejó al descubierto el dilema que enfrenta La Habana. Según sus palabras, el régimen solo tiene dos caminos: permitir la ayuda o rendir cuentas. Sin eufemismos, sin diplomacia blanda y con Trump como telón de fondo.
Lewin fue aún más explícito al referirse al contexto regional. Recordó lo ocurrido recientemente en Venezuela y lanzó una frase que en La Habana seguro no cayó nada bien. Dijo que los déspotas del mundo deberían haber aprendido que no se juega con Donald Trump, y que la era de la debilidad y el desorden en el hemisferio occidental llegó a su fin.
Estados Unidos anunció que enviará tres millones de dólares en ayuda humanitaria para los cubanos afectados por el huracán Melissa, que golpeó la Isla en octubre. La asistencia incluirá alimentos, medicinas y equipos básicos de emergencia, y será canalizada a través de organizaciones no gubernamentales, precisamente para evitar el control del aparato estatal.
El funcionario fue directo al hueso al describir al gobierno cubano como un régimen fracasado, y advirtió que impedir la llegada de la ayuda solo confirmaría la corrupción estructural del sistema. En ese punto, Lewin retomó palabras del secretario de Estado Marco Rubio tras la captura de Nicolás Maduro, dejando claro que Washington ya no está en modo advertencia suave.
“No jueguen con el presidente Trump”, subrayó, en una frase que resume el tono de la nueva política estadounidense hacia La Habana.
La advertencia llega en un momento especialmente delicado para el gobierno de Miguel Díaz-Canel. Sin el respaldo venezolano, con una crisis interna profunda y bajo mayor presión internacional, el margen de maniobra del régimen se reduce peligrosamente.
Desde La Habana, como era de esperar, la respuesta fue defensiva. El régimen calificó la ayuda estadounidense como oportunista y acusó a Washington de manipulación política, un discurso gastado que contrasta con la realidad de miles de cubanos sin alimentos ni medicinas tras el huracán.
Fuentes del propio Departamento de Estado confirmaron a Reuters que la ayuda será entregada directamente al pueblo cubano, y que cualquier intento de bloqueo por parte de las autoridades tendrá consecuencias. El mensaje es claro: esta vez, el régimen no controla el relato ni el flujo de la ayuda.
En una Isla acostumbrada a que el Estado secuestre incluso la solidaridad, la verdadera prueba será si el régimen se atreve a frenar la asistencia. Y, por primera vez en mucho tiempo, Washington parece dispuesto a cobrar la factura.










