El gobernante cubano Miguel Díaz-Canel volvió a convocar a la calle, esta vez con una nueva Marcha del Pueblo Combatiente, como parte de los actos oficiales en homenaje a los 32 militares cubanos fallecidos en Venezuela. La cita no fue casual ni inocente: llega en un momento de alta tensión regional y con el régimen necesitado de exhibir control, disciplina y respaldo interno.
En un mensaje publicado en X, Díaz-Canel llamó a “cantarle el Himno a los héroes” y a “agradecer su coraje”, cerrando con una frase cargada de amenaza velada: “para que nos conozcan mejor quienes no nos calculan todavía”. El tono no fue de duelo, sino de advertencia política.
La caminata comenzó a las 7:30 de la mañana desde la Tribuna Antimperialista José Martí hasta la calle G, recorriendo el Malecón habanero. Una postal ya conocida, usada una y otra vez como vitrina de fuerza frente a enemigos externos y como recordatorio interno de quién manda.
La convocatoria se produce días después del operativo militar en Caracas que terminó con la salida de Nicolás Maduro del poder y en el que murieron los efectivos cubanos. Un golpe duro para La Habana, que durante años apostó todo al chavismo y hoy paga la factura en silencio, envuelta en banderas y consignas.
Desde el Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, los mensajes oficiales en redes sociales hablaron de “miles de cubanos” participando en la marcha. Sin embargo, los propios videos difundidos muestran una realidad distinta: uniformados en clara mayoría, miembros de las FAR y el MININT avanzando en bloque, mientras el “pueblo” aparece diluido y cuidadosamente encuadrado.
La marcha ocurrió apenas un día después del homenaje oficial a los militares muertos en Venezuela, un acto al que también fueron llevados trabajadores, estudiantes y más efectivos. La cobertura estatal insiste en subrayar que la asistencia es voluntaria, una aclaración que se repite demasiado en un país donde la presión laboral y política es norma, no excepción.
En medio de apagones interminables, escasez de alimentos y medicinas, inflación descontrolada y un malestar social evidente, el régimen necesita imágenes de respaldo. Necesita mostrar orden, cohesión y obediencia. Y para eso, la calle sigue siendo un escenario útil.
Más allá del tono épico de los discursos, hay un detalle que la propaganda evita mencionar: los militares fallecidos no estaban defendiendo territorio cubano ni respondiendo a una emergencia nacional. Estaban en Caracas, protegiendo a un régimen extranjero, el de Nicolás Maduro, como parte de acuerdos que nunca se explicaron públicamente.
La narrativa oficial habla de heroísmo y patria, pero los hechos colocan a esos efectivos en tareas directamente vinculadas a la seguridad del poder político venezolano. Un punto incómodo que el régimen prefiere tapar con marchas, himnos y consignas recicladas.
Tras años negando la presencia militar en Venezuela, el Estado comenzó el jueves a recibir en La Habana los restos de los 32 fallecidos. Los homenajes fueron organizados al milímetro. Caravanas fúnebres escoltadas, féretros cubiertos con banderas, guardias de honor y ceremonias en instalaciones militares. Todo muy solemne, todo muy controlado.
Las imágenes oficiales muestran una presencia casi invisible de familiares. En su lugar predominan militares, cadetes, funcionarios, empleados estatales y civiles movilizados institucionalmente. No parecen multitudes espontáneas, sino contingentes organizados para acompañar un acto político más que un duelo humano.
Mientras la propaganda insiste en hablar de “caídos en combate”, siguen sin respuesta preguntas elementales. Por qué había militares cubanos en Venezuela. Bajo qué acuerdos. Con qué mandato. A qué costo. Y por qué el gobierno lo negó durante años.
La Marcha del Pueblo Combatiente se vende como un gesto de unidad y determinación. En realidad, es un mensaje político con doble destinatario. Hacia Washington, de desafío. Hacia dentro, de disciplina y alineamiento.
La imagen de uniformados marchando por el Malecón intenta reforzar la idea de un país compacto alrededor del poder. Pero en la Cuba real, la de la cola, el apagón y la incertidumbre diaria, las preguntas siguen ahí. Y ninguna marcha, por muy coreografiada que sea, logra borrarlas.







