La historia de Fernando Antonio Báez Hidalgo, el más joven de los 32 militares cubanos fallecidos el 3 de enero en Caracas, pone rostro humano a una tragedia que el régimen intenta maquillar con consignas y ceremonias. Tenía apenas 26 años, era teniente del Ministerio del Interior y se desempeñaba como escolta cuando murió durante la operación que terminó con la captura de Nicolás Maduro por fuerzas de Estados Unidos.
Su madre, Maidelín Hidalgo Hidalgo, rompió el silencio en declaraciones al diario oficial Juventud Rebelde. Lo que contó dista mucho del relato épico que repite la propaganda. “Esto ha sido terrible. Siento como si me hubieran arrancado un pedazo de mí”, dijo. Fernando fue su único hijo, “superdeseado”, criado en un hogar marcado por la ausencia temprana del padre, fallecido cuando el muchacho tenía 15 años. Madre e hijo, como se dice en Cuba, eran uña y carne. “Yo luchaba por él y él luchaba por mí”.
Fernando fue un estudiante destacado, de esos que siempre estaban entre los primeros expedientes. Se graduó como técnico medio en Medicina Veterinaria, pero durante el Servicio Militar tomó otro camino y terminó en tareas de seguridad personal, una decisión que lo llevó directo al corazón de una alianza política que hoy cobra vidas cubanas.
Su hermano Yoanis lo recordó como un muchacho tranquilo, hogareño, más de béisbol y películas que de fiestas. Soñaba con algo tan básico como lo que hoy parece un lujo en Cuba: una casa decente. Quería comprarse una en La Habana y llevarse a su madre con él, cansado de remiendos y promesas incumplidas. Un sueño simple, terrenal, lejos de consignas y misiones “internacionalistas”.
Llegó a Venezuela hacía poco más de cinco meses. Hablaba con su mamá todos los días, sin falta. La última llamada fue el 2 de enero, alrededor de las nueve de la noche. Horas después, Caracas ardía. Cuando Maidelín supo de los bombardeos, escribió desesperada. No hubo respuesta. “Cuando vi llegar a la casa a la gente vestida de verde… ya no hizo falta que nadie me dijera nada”, relató.
Mientras tanto, el régimen seguía en silencio. Los cuerpos de los 32 militares llegaron a La Habana el 15 de enero, escoltados por cámaras, uniformes y discursos ensayados. Una aeronave de Cubana de Aviación, una caravana por Rancho Boyeros, una capilla ardiente en el MINFAR. Mucha épica, mucha bandera, pero pocas explicaciones.
Las muertes ocurrieron durante un operativo internacional para capturar a Nicolás Maduro, una acción que terminó de derrumbar al chavismo y dejó a Cuba sin su principal sostén externo. Sin embargo, La Habana sigue sin explicar qué hacían exactamente esos militares en Venezuela, bajo qué acuerdos, con qué mandato y a cambio de qué.
El propio gobierno difundió las biografías bajo la consigna “Honor y Gloria”, confirmando —tarde y a regañadientes— que los fallecidos pertenecían a las FAR y al MININT. Una admisión que contradice años de negaciones oficiales sobre la presencia de tropas cubanas en tareas de seguridad del poder venezolano.
Los perfiles repiten un patrón: militancia, disciplina, “aseguramientos operativos”, ascensos póstumos. Lo que no aparece es la vida real. No hay esposas, hijos, madres rotas por dentro. No hay detalles de la misión que oficialmente no existía. Fernando Báez Hidalgo no murió defendiendo a Cuba, ni salvando vidas, ni en una emergencia humanitaria. Murió protegiendo a un régimen extranjero, en una guerra que no era suya.










