Después de años escondiendo la verdad, el régimen cubano finalmente empezó a recibir en La Habana los restos de los 32 militares que murieron en Venezuela, y lo hizo con toda la pompa propagandística que caracteriza a la dictadura. Ahora los presentan como “combatientes caídos”, llenos de ese aire épico que tanto le gusta usar al Estado para disfrazar una tragedia humana en show político.
Los escenarios que muestran la prensa oficial parecen más bien montajes: una caravana fúnebre escoltada por tropas motorizadas, féretros cubiertos con la bandera recorriendo avenidas importantes de la capital, guardias de honor y ceremonias en sedes militares, mientras desde los altavoces gubernamentales hablan de heroísmo, sacrificio y “defensa de la soberanía”.
Lo más llamativo es lo que no se ve en estas imágenes: casi no aparecen familiares de verdad. En su lugar, domina una multitud de uniformados, cadetes, funcionarios, empleados estatales y civiles colocados allí por instituciones oficiales, muchos con banderitas en la mano. Nada parece espontáneo; más bien da la impresión de una movilización organizada por el Partido y el gobierno para crear una sensación de respaldo popular.
El acto central fue en la pista del Aeropuerto Internacional José Martí, donde los cuerpos llegaron envueltos en banderas. Desde allí los llevaron al Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (MINFAR), con los ataúdes alineados bajo ofrendas florales y custodiados por tropas, mientras los ministros del régimen pronunciaban palabras grandilocuentes sobre honor y dignidad.
Todo este despliegue va acompañado de un relato épico que insiste en que esos militares murieron “en combate”, pero nunca explican por qué durante años negaron la presencia militar cubana en Venezuela ni dieron información clara sobre estas muertes. La narrativa estatal intenta pintar una historia de sacrificio patriótico, pero la realidad es otra: estos hombres estaban en suelo extranjero sosteniendo a un dictador como Nicolás Maduro —un régimen que poco aporta al bienestar del pueblo cubano— mientras el suyo propio se desmorona.
Esta puesta en escena ocurre en un momento en que el régimen enfrenta una crisis profunda de credibilidad. La economía se derrumba, los apagones son rutina, los cubanos sufren escasez de medicinas y alimentos, y la desesperanza se respira en cada esquina. Aun así, la propaganda oficial insiste en presentar la muerte de estos militares como una obra de heroísmo revolucionario en vez de lo que realmente fue: el costo humano de mantener alianzas con dictadores y guerras ajenas.
Mientras tanto, en las calles se ven gestos contradictorios: por un lado están las escenas televisadas de respaldo institucional, y por otro se siente el silencio de quienes realmente sufren la crisis cotidiana y no creen ni una palabra del libreto oficial. Lo que el régimen intenta vender como unidad nacional no disfraza la verdad: Cuba envió a sus hombres a morir defendiendo otros intereses políticos, y ahora usa esa tragedia para tapar su propia incompetencia y falta de legitimidad ante su pueblo.







